Señalar más las coincidencias que las discrepancias


Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación en circunstancias de extrema gravedad. Empuñó el timón con firmeza. Más allá de las diferencias, en muchos casos profundas, que nos distancian de su gestión, no pueden desconocerse algunos de sus logros. Restableció el funcionamiento de la Corte Suprema de Justicia, procuró que la política fuese el instrumento apropiado para articular los conflictos entre intereses económicos y sociales. No se sumó, y cuestionó, la preocupante carrera armamentista que se registra en América latina.
Reivindico en su administración la recuperación de la política de derechos humanos -que se abandonó en la década del 90-, así como el rescate del Estado como factor clave de la economía.

Este es un momento que nos obliga a señalar más las coincidencias que las discrepancias. Pertenecimos ambos al campo del pensamiento nacional, aunque con distintos métodos, banderas y estrategias.


Kirchner fue un hombre público que murió como vivió, sumergido en la lucha política. Tal vez ésta sea la virtud que ningún militante puede dejar de destacar. Sólo la muerte pudo con su fervor militante. En política, uno se auxilia con la militancia o con el marketing. Compartimos con él lo primero. El marketing nunca fue su preocupación.
Reconocemos en él al militante que todos querríamos encontrar en las filas de nuestros partidos políticos. Su estilo de gestión del todo o nada lo llevó a desoír las advertencias médicas sobre su salud y los ruegos permanentes para que amenguase su tremenda actividad. Se fue peleando. Para sus simpatizantes se transformó en un símbolo que les permitirá superar la adversidad y mantener las convicciones que los indujeron a ingresar en la militancia política.
Este es su legado: la reivindicación de la militancia política. Muchos argentinos, oficialistas u opositores, hoy lamentamos su partida. A todos ellos los acompañamos en su pena. Muchos compartimos sus deseos de una Argentina enmarcada en un modelo de progreso con inclusión social.

Ricardo Alfonsín 

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