Una primera reflexión

La muerte de NK invita a hacer balances, en medio de un momento donde es tentador olvidar lo oscuro para resaltar lo brillante, lo que trasciende.

Los eventos de los últimos días me confirmaron algo. Hay gente, mucha gente, que creyó en Néstor Kirchner. Muchos veían a Nestor, y ahora ven a Cristina, como los líderes de un movimiento histórico, de un proyecto casi épico y cargado de ideales y emociones que, como escuché suficientes veces los últimos días, le devolvió la dignidad a la Argentina. Su fallecimiento caló hondo en el corazón de millones de argentinos, y tan sólo eso obliga a tratar su muerte con respeto y a reconocer al pasado miércoles como un día histórico, que posiblemente junto con los de fines de 2001, y la eleccion del 83 sea uno de los días políticamente más importantes que me han tocado vivir

Es difícil que la figura de NK vuelva a generarme los sentimientos que me generó en vida. Sin embargo, pasado un par de días y con las aguas más en calma, sigo seguro de algo: no soy, y difícilmente pueda ser, kirchnerista.

La primera razón es la “moralista”: Yo no le creí. No sé si porque compré el mensaje mediático, porque me cuesta comprar discursos de movimientos épicos o bien porque simplemente nunca tuve la oportunidad de tenerlo cerca, mirarlo a los ojos o intercambiar dos palabras. Me convence más, en cambio, la idea de que la historia política de NK se explica por la búsqueda insaciable de acumulación de poder, que no veía frenos sino tan sólo obstáculos que había que sortear como se pueda, muy alejada de la historia de un idealista que apostaba genuinamente por un país mejor.

Si estoy en lo cierto no lo se. De hecho, no siempre fue así, su primer periodo de gobierno genero en mi sin haberlo votado nunca, una movilización interior importante

Sin embargo, no es la única razón. La segunda razón es ideológica, y creo que es, individualmente, la razón más importante por la que no soy kirchnerista. Es la concepción de la política como continuación de la guerra, la política sin cuartel, la negación del otro, la pelea irreductible frente al consenso. Entiendo consenso, aclaro por si hace falta, no como un mundo de arcoíris y pajaritos donde todos bailamos agarrados de las manos, sino en cambio como el entendimiento de que  más allá de lo que yo crea, para avanzar debo encontrar un punto medio con los que piensan distinto, porque el mundo es más complejo y más amplio que el de nuestro personal punto de vista.

No es otra cosa que el eterno conflicto (que no es patrimonio ni de las derechas ni de las izquierdas, valga aclarar) entre el dogmatismo y el pragmatismo. La peor herencia de NK será el habernos acostumbrado al conflicto, convencido de que la polarización es necesaria, de que lo común es la suma cero y que la transición a ese mundo virtuoso es agresiva y sin cuartel.

La tercer razón es la más racional, la que surge de un más frio calculo de pros y contras.

Realmente creo han hecho una muy mala gestión de la economía argentina.

Durante el primer periodo kircherista (que permítanme arbitrariamente definir entre 2003 y 2006) los resultados económicos fueron evidentes. En menos de cuatro años, la pobreza cayó del 45% al 25% y el desempleo de 16% a 8%, con una creación de 2 millones de empleos principalmente formales. Los salarios reales de los formales se recuperaron rápidamente y superaron en un 20% los niveles pre-crisis (no así los informales, que recién ahora, si le creemos a la EPH, están como en 2001) y el nivel de actividad acumularía un crecimiento del 31% superando en un 15% el máximo de 1998.

Podemos discutir por horas como se explican estos y otros resultados positivos y a quien puede atribuirse la paternidad, pero lo que es seguro es que los resultados están ahí, son tangibles, visibles, evidentes.

El segundo periodo en cambio, el que empieza en algún momento entre la moratoria previsional y la intervención del INDEC y sigue hasta nuestros días, se caracteriza por una gestión mucho más activa de la política económica. Si en 2006 aún podía decirse que la economía avanzaba sobre “el modelo” armado por el gobierno anterior, difícilmente pueda hacerse la misma afirmación de 2007 a esta parte. Es la época de la moratoria y las reformas previsionales (estatización incluida), de las subas de retenciones (las fallidas y las aún vigentes), de la AUH, del despliegue de subsidios, del pago de deuda con reservas y la financiación con emisión, de los controles al comercio exterior, del dólar de 3 a 4, entre las varias otras que se pueden mencionar que vuelven a este periodo claramente distinto del anterior.

Las medidas son visibles, los logros, en cambio menos evidentes. Embarrado por la siempre presente ausencia de estadísticas públicas, es mucho más complejo analizar este segundo periodo, en tanto sólo puede hacerse en base a la información dispersa que uno logre recopilar y que da origen a lecturas radicalmente opuestas de la coyuntura de Argentina en noviembre de 2010.

Mi propia interpretación de la situación, así como la enumeración de los errores que creo se han cometido puedo resumirla en una sola frase: creo que la mala gestión macroeconómica ha echado por tierra los fenomenales esfuerzos por extender el Estado de Bienestar desde 2006 o, si quieren una versión más liviana, no es evidente la gran mejora social que debería ser el correlato del fuerte despliegue fiscal de los últimos tiempos, tengo una palpable sensación de oportunidad perdida.

Hacia adelante, me obligo a ser optimista. Hay suficientes interrogantes abiertos y escenarios posibles desde el plano político como para que todo pueda pasar. Las perspectivas económicas  no son ni lo oscuras que fueron en otros periodos ni lo despejadas como para que podamos salir a festejar como si todo lo que hay estuviera apoyado en terreno firme.

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