Crecer no es Desarrolarse

A 50 años del golpe a Frondizi, la Argentina ya no puede demorar más el desarrollo


Hay un solo dirigente político en la Argentina al que admiran Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Elisa Carrió, Eduardo Duhalde, Francisco De Narváez, Roberto Lavagna y Ricardo López Murphy.
Es el mismo que también fue elogiado por dos ex presidentes fallecidos: Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner. Lo más curioso es que semejante coincidencia no es sobre la persona sino sobre la gestión de Arturo Frondizi, el dirigente que impulsó una escuela política, económica y de vida llamada desarrollismo.
El 29 de marzo del año próximo se cumplirán cincuenta años del golpe militar que interrumpió el gobierno de Frondizi, un mes antes de que su gobierno cumpliera los cuatro años. Sus premisas de entonces, que pregonaban la consolidación de una Argentina agroindustrial y exportadora; que promovían la exploración petrolera a través del capital privado para asegurar el autoabastecimiento energético; que alentaban el combate a la inflación a través de la productividad, de estadísticas sinceras y no de controles policíacos y que advertían también que un país sin previsibilidad no podía atraer las inversiones, se mantienen absolutamente vigentes. Una señal demasiado clara de que la era del desarrollo todavía no ha empezado en estas tierras.
En un año electoral como éste, cuando la discusión económica del país que viene parece quedar en segundo plano, conviene establecer que los siete años de crecimiento económico de los últimos ocho transcurridos no han pasado a la etapa superior del desarrollo. La Argentina es hoy un país agroindustrial exportador pero demasiado dependiente de un producto primario como la soja.
El autoabastecimiento energético está tan lejos de conseguirse que el país debe importar barcos con gas para enfrentar el desafío anual del consumo de las industrias y el domiciliario. La inflación argentina es equiparable a la de los países más atrasados del planeta y las inversiones deben restringirse casi únicamente al sector estatal porque las inversiones privadas de origen extranjero esperan señales de mayor previsibilidad por parte de nuestra economía.
Pero todas estas dificultades tienen importancia relativa comparadas con la mayor evidencia de que el crecimiento 'a tasas chinas' de los últimos años no se ha transformado en desarrollo. Para las consultoras privadas el número de pobres e indigentes en el país ronda los 20 millones de personas, mientras que para el Indec esa cifra baja a los 15 millones. De acuerdo a las estadísticas oficiales o a las alternativas, la persistencia de la pobreza en la Argentina mantiene un núcleo duro que el actual modelo económico sostenido en una soja que surfea sobre 500 dólares la tonelada no puede desterrar. Si hay otro valor que describe el mapa socioeconómico argentino es aquel que mide en 26 la diferencia de poder adquisitivo entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre.
Esa es la mayor deuda que mantiene la Argentina poscrisis 2001, que comenzó gobernado Eduardo Duhalde, continuó Néstor Kirchner a partir de 2003 y hoy conduce Cristina Kirchner. El país del crecimiento mejoró sin dudas las cifras de pobreza y de marginalidad, pero el shock de ingresos fiscales obtenido gracias a los precios más favorables del intercambio comercial que hemos disfrutado en los últimos 50 años no nos alcanzó para sumarnos al lote de los países desarrollados bajando la pobreza a niveles mucho más significativos. Desarrollo económico es otra cosa.
Pero el recuerdo de Frondizi no se reduce a las comparaciones económicas. A cinco décadas del final de su gestión presidencial, es necesario recordar el aporte intelectual que le hizo a la Argentina conduciendo un grupo de hombres y mujeres lúcidos que encabezó Rogelio Frigerio. Mérito empañado lamentablemente por las presiones militares de entonces, a las que cedió y entregó el comando del ministerio de Economía en la persona del crédito del liberalismo conservador de esos años, el ingeniero Alvaro Alsogaray.
Final para ejercitar el músculo de la memoria, esa necesidad mucho más exhibida de lo que se pone en práctica en sentido amplio. Entre los puntos que Frondizi destacó en su discurso de asunción en 1958 estuvo la necesidad de terminar con la confrontación, el cáncer que enfermaba al país de entonces y sigue aquejando a la Argentina del Bicentenario. Vale destacar, a modo de ejemplo, una anécdota rescatada por Raúl Alfonsín, uno de sus adversarios. El relato indica que Norma López Rega, la hija de José Lopez Rega, el impulsor de la tristemente recordada Triple A, fue a visitarlo a su casa. "Sí, fue su padre el que mandó a matar a mi hermano Silvio pero yo lo perdono porque en mi corazón no guardo rencor ni deseos de venganza" , fueron las palabras de Frondizi que hicieron llorar a la mujer que llevaba uno de los tantos apellidos emparentados con la historia de violencia que arrastra el país de las cuentas pendientes.

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