Macri no es Alfonsin; la dictadura militar no es el populismo kirchnerista

Reconciliar a las dos Argentina



A la historia a veces le complace expresarse a través de imágenes. El rostro de María Eugenia Vidal contrastado con el de Aníbal Fernández es de una sobrecogedora elocuencia, la manifestación de un contraste cuyo centro es la política pero que se desborda hacia consideraciones éticas, culturales y por qué no, estéticas. Ocurre que en ciertas ocasiones, en muy contadas ocasiones, la política decide dejarle su lugar a la poesía. La victoria de Vidal el 25 de octubre -la inesperada e insólita victoria- tuvo para muchos argentinos la sugestiva conmoción del hecho estético.


Por lo pronto, el 25 de octubre hubo ganadores y perdedores. Unos se llaman Macri, Vidal y Massa. Expresan la victoria y de alguna manera encarna el futuro. Los nombres de los derrotados pueden ser varios: Scioli, Fernández, Zannini, aunque para ser justos, el honor de la derrota le corresponde exclusivamente a la Señora. Y, si es posible hablar de la existencia de un voto castigo, Ella es la destinataria de esa sanción. Como la heroína de la novela de Lewis Carroll, la Señora se empecina en sentirse en el país de las maravillas, "aunque sabe que solo tiene que abrir los ojos para que todo se transforme en obtusa realidad". El 25 de octubre esa realidad para Ella se hizo más obtusa que nunca.

Quienes tuvimos el privilegio de vivir las jornadas de octubre de 1983, nada nos costó encontrar sugestivos relaciones con lo sucedido el 25 de octubre. La alegría a veces puede permitirse esas arbitrariedades que con buenos motivos pondrían los pelos de punta a un historiador profesional. Sin embargo, y más allá de los arrebatos emocionales, es posible hallar un hilo conductor entre aquel lejano 1983 y este palpitante 2015.

Alfonsín no es Macri; la dictadura militar no es el populismo kirchnerista; Scioli no es Luder y Aníbal Fernández no es exactamente Herminio Iglesias, pero en un tiempo y en otro lo que se impuso como consigna, propuesta y proyecto de poder fueron aquellos valores republicanos alrededor de los cuales es posible y deseable organizar la convivencia.

Si el despotismo de los militares abrió espacio a la esperanza democrática; al hartazgo del actual populismo, con sus hábitos autoritarios, su adocenado y servil culto a la personalidad, su paciente y sórdida pasión por corromperse, le sucede, intenta sucederle, la austera república democrática, con su apego a la ley, su reconocimiento a la diferencia, su respeto al federalismo, su adhesión a los valores de la racionalidad y el humanismo.

En 1983 la sociedad argentina se pronunció por el cambio y treinta años después vuelve a hacerlo. No era lo previsible. Los K esperaban, en el peor de los casos, ir al balotaje con nueve puntos de diferencia y con la provincia de Buenos Aires en el bolsillo. Mala suerte para ellos, aunque a veces la mala suerte se merece. El 25 de octubre, en ese sentido, puede ser evaluado como el momento en que lo inesperado -inesperado para el poder- irrumpió en la historia. Son momentos excepcionales, quiebres y fracturas que impone otra lógica, otro sentido común y, por supuesto, otros horizontes.

El 22 de noviembre pueden pasar muchas cosas, pero las señales del cambio están en el aire. Los rostros de los principales dirigentes K así lo manifiestan; sus tibios justificativos, sus iras desencajadas poseen el tono sombrío, desconsolador e irredento de la derrota. El 22 de noviembre se votará por una u otra Argentina. Que la realidad política se exprese en alternativas de hierro no es lo mejor que nos puede ocurrir, y los K deberán responder por la culpa de colocar a la nación en esa emergencia.

El continuismo K se empecina en profundizar esa fractura, mientras que Cambiemos intenta poner punto final a ese deliberado desencuentro. No es un tema menor. Si Cambiemos pretende ser leal a su causa no se puede proponer cambiar a una Argentina por otra, sino reconciliar a las dos Argentina, reconciliarlas sobre la base del estado de derecho, el pluralismo, el acuerdo que no desconoce el conflicto, pero se propone superarlo, no agudizarlo.

De eso se trata. De pensar el futuro, de pensarlo no con la exasperación de la utopía, sino con las exigencias de la esperanza y el realismo. Si Cambiemos pretende ser coherente consigo mismo, deberá proponerse crear las condiciones políticas que hagan posible la gobernabilidad. No es una tarea para mañana, es para hoy. Cambiemos más que una alianza electoral debería proponerse forjar una coalición de gobierno. No va a ser fácil lograrlo, pero hay que hacerlo. Y lo más rápido posible.

Loa acuerdos deberán incluir a la oposición, a ese peronismo republicano que aspira a una convivencia civilizada sin renunciar a su identidad histórica. Que e acuerdo, el entendimiento, reemplace a la rutina facciosa y a la concentración personalizada del poder. ¿Por qué no un compromiso histórico en los términos pensados en su momento por Aldo Moro? Un acuerdo entre las grandes corrientes políticas, en el que la colaboración sustituya a la disputa facciosa; un acuerdo que no anule la identidad de los protagonistas, pero que coloque en el centro del debate no las diferencias que ya las conocemos y las hemos padecido, sino los entendimientos, los objetivos históricos comunes.

Scioli o Macri. Esas son las opciones que se nos presentan a los argentinos. Los candidatos son parecidos en algunos aspectos, pero solo la ignorancia o la mala fe pueden suponer que son lo mismo. Ni sus biografías ni sus personalidades se parecen, tampoco sus opciones políticas y su relación con el poder. Los dos no provienen de la política tradicional, pero Scioli se sumó a un partido histórico de la mano de Menem y con el exclusivo capital simbólico de sus habilidades como motonauta; Macri, en esos años fue el presidente de uno los clubes de fútbol más populares del país.

Hijos de empresarios, con estudios en universidades privadas, ambos pueden parecerse en lo mundano, aunque en el campo exclusivo de la política hay un punto en el que Macri se diferencia radicalmente de Scioli: Macri no entró a la política de la mano de Menem ni se sumó a los partidos tradicionales, sino que apostó a formar un nuevo partido político. Apostó y lo hizo. Lo hizo con las dificultades del caso, pero quienes conocemos los ásperos rigores de la política, sabemos lo que significa en el mundo que vivimos fundar un partido que hoy está en los umbrales del poder.

Macri es sin dudas el líder de Cambiemos; lo mismo no se puede decir de Scioli; Macri exhibe una gestión de gobierno que Scioli no está en condiciones de exhibir; Macri puede tomar decisiones con una libertad que Scioli no conoce. Puede que Scioli crea sinceramente en una Argentina diferente a la impuesta por la Señora, pero sus compromisos con el pasado son demasiado evidentes. ¿Se entiende ahora por qué Macri dispone de mejores condiciones para asegurar la gobernabilidad y promover el cambio?




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