No hay “milagro brasileño”

No hay “milagro brasileño” sino un gran trabajo de siglos

Desde ya, el largo camino del vecino no ha estado exento de errores, abusos y contratiempos. Pero los logros y las estrategias exitosas y persistentes superan los desaciertos. Columna de opinión del economista Marcelo Ramón Lascano.
PorMARCELO RAMÓN LASCANO*

Sólo en una atmósfera cultural heredera de generalizaciones abstractas si no ideológicas, podría sorprender el encumbramiento de nuestro importante vecino Brasil. El crecimiento, si no el desarrollo alcanzado, el mejoramiento de las condiciones de vida de su población, el ingreso al club de firmas internacionales de la mano de la penetración productiva y comercial en todo el globo confirman ascendente prestigio e influencia internacional.
No hay milagro.
La llegada consagratoria a importantes foros, la conquista del investment grade y la selección del país para ser sede del próximo Campeonato mundial de fútbol (2014) y de las Olimpíadas a celebrarse en 2016 ratifican la influencia de una geopolítica observada con fidelidad desde el Tratado de Tordesillas (1494).
Por supuesto, el secular transitar no ha estado exento de errores, abusos y contratiempos. Empero, los logros superan a los desaciertos.
La irrupción de los últimos años con Lula o Cardoso, si se prefiere, no es ajena al espíritu innovador del varguismo (1930) y menos de las arrolladoras ofensivas políticas protagonizadas durante el siglo XIX. Así Brasil consolidó derechos territoriales en casi 8,5 millones de km2 y límites con diez países. Además, tempranamente se afianzó en la Cuenca del Plata y su sistema de ríos navegables único en el planeta. Instalada pacíficamente en Río durante la invasión napoleónica (1808), la Corte de Lisboa, sin costear guerras por la independencia, durante el siglo XIX con Pedro I y Pedro II afirmó paulatina y exitosamente la empresa política.
Frente a nuestras desinteligencias, el camino hegemónico estaba expedito . Maltratamos a San Martín, unitarios enredados en disquisiciones en medio de la anarquía sembraban vientos de tempestades, dos próceres indiscutidos por muchas razones parecían no entender la importancia política del territorio, la fractura de la unidad en ligas provinciales caprichosas delataban una peligrosa debilidad institucional. La pérdida del Alto Perú y de la Banda Oriental, junto con la guerra de la Triple Alianza, reportaron dividendos territoriales que constituyen un capítulo importante para entender el ascendente señorío geográfico de Brasil, para cuya concreción la alianza tejida pacientemente y sin escrúpulos contra Rosas en 1852 coronó la estrategia.
La Argentina resignaba territorio e influencia mientras Brasil ganaba. Esta diferencia político-estratégica-cultural es fundamental para explicar lo demás.
Sin reparar en el espíritu ambicioso que muestra la empresa nacional brasilera, es difícil entender los resultados que hoy maravillan a expertos y profanos.
La expresión Orden y Progreso simboliza el escenario y la aspiración que el binomio Cardoso-Lula hizo realidad por no alejar la cuestión de la actualidad que nos preocupa. Sin un giro ideológico apropiado para operar en un mundo con nuevas reglas de juego post Reagan y sin rivales para la superpotencia, adaptaron el método precursor de Getulio Vargas y definieron un posicionamiento occidentalista alejado de fantasías sin porvenir.
Sin perder dignidad, Brasil empezó o refinó una política que lo colocara como actor internacional . Sin claudicaciones, como lo demostró en el caso Irán, ascendió en casi todos los campos del quehacer internacional y encabeza muchos indicadores comparados, con sombras en muchos casos, pero cuyas mejoras no pueden ocultarse o subestimarse , tal el caso de la disminución de la pobreza o el aumento de la clase media durante Lula. Los críticos deberían preguntarse si las alternativas, populistas o no, hubieran mejorado logros como la pertenencia al G-20, el BRIC o el G-4 para conquistar definitivamente una poltrona en el Consejo de Seguridad, o pertenecer a la elite que produce aviones y que exporta alimentos que hace cinco años importaba y cuyos logros en energía han merecido tanto reconocimiento como su justificada aspiración nuclear (pacífica y militar) para defender su riqueza marítima amenazada por la codicia de terceros.
Cristina Kirchner proclamó admiración cuando en Madrid, frente a Lula, afirmó: "Siento envidia de ese orgullo nacional que tiene la República de Brasil ..." Más allá del cumplido, la realidad se impone.
Nuestros desaciertos, como las ofensas dirigidas en 2005 al ex presidente Bush en Mar del Plata, por ser contemporáneos, sirvieron elocuentemente para estrechar los vínculos de Brasil con los EE.UU. Al convite excepcional de Lula a Camp David, de inmediato le siguieron acuerdos provechosos mientras nosotros ganamos la descalificación de anfitriones inescrupulosos. Lo menos importante es la descortesía, que por cierto lo es.
El problema es que si la Argentina tuviera una refinada estrategia que contemplara que esos desplantes barriales favorecen a nuestro rival, el episodio no hubiera sucedido y otra sería nuestra imagen .
Afirma el Stratford Report (oct. 4, 2010) que mientras la Argentina está desorientada, Brasil puede "capitalizar la oportunidad para dominar la región" y subraya que "Brasil enfrenta las mismas oportunidades geopolíticas y desafíos con prescindencia de quién ejerce la presidencia." La política internacional responde al largo plazo. Esta es la brújula y la estrategia la ejecuta.
Aunque rivalidad no necesariamente debe identificarse con enemistad, la creciente presencia de Brasil en la región debe examinarse para articular políticas compartidas . La expansión de sus empresas nacionales en Bolivia, Paraguay y Uruguay favorece a los países de adopción y fortalece alianzas.
La Argentina debería ajustar su gestión en la Cuenca del Plata con provecho también para los otros actores . A Brasil también le conviene, porque su infraestructura interna de transporte demanda ingentes recursos para penetrar en el interior amazónico amenazado por depredadores de diferente laya. Una política de ríos adecuada multiplicaría las posibilidades de desarrollo compartido en el ambicioso espacio continental.

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