Los mitos nunca son ecuánimes; son relatos que resuelven imaginariamente contradicciones y conflictos.


La palabra, más fuerte que la imagen para hacer un mito del ex presidente

Nombrar a Kirchner






El mausoleo sobre la tumba de Kirchner es un monumento fúnebre, al cual tienen derecho (si sus allegados lo juzgan necesario y pueden pagarlo) muchos otros muertos, hayan sido hombres públicos o privados. El monumento a Kirchner que se inaugurará en Río Gallegos abre, en cambio, una serie probable de estatuaria oficial. Pero a Kirchner no se le han levantado estatuas en vida. En consecuencia, el paralelismo con otros capítulos del siglo XX debería tomar en cuenta que la historia es interesante por sus cambios. Todo tiempo pasado fue distinto, y comprender el presente supone entender bien esos detalles diferentes.
Darle a Kirchner un lugar en la historia reciente parece inevitable. En primer lugar, por su acción política, independientemente de cómo se considere el período que va de 2003 a 2010. En segundo lugar, porque las tradiciones (que no son lo mismo que los libros de historia) se arman con hombres a los que se atribuye dimensiones excepcionales para el bien o para el mal. Eso fue Rosas para la tradición liberal; lo fue Yrigoyen para el radicalismo (aunque la baja potencia mítica de ese partido no recoja triunfos simbólicos en las últimas décadas); lo fueron Perón y Eva para el movimiento justicialista. De esta pasión constructora de culturas políticas no participa el socialismo con intensidad: su laicismo es radicalmente antipersonalista.
Sería absurdo pretender que fueran los historiadores quienes dieran la señal de que ha llegado la oportunidad de construir un mito cultural y político, porque ya han tenido tiempo de consultar todos los documentos y de hacer un balance ecuánime. Los mitos nunca son ecuánimes; son relatos que resuelven imaginariamente contradicciones y conflictos. Hoy, el kirchnerismo hace inversiones en el campo simbólico. Habrá que ver cuáles son las estrategias que pone en juego. Subrayemos, en primer lugar, lo obvio: cuando se construye, después de su muerte, la imagen póstuma de un hombre, las operaciones son invariablemente personalistas. Por otra parte, el peronismo ha sido siempre intensamente personalista.
Veamos, entonces, algunas particularidades. En los discursos presidenciales se nombra a Kirchner con abundancia. El nombre es innumerable. Se lo designa como "Néstor", como "Kirchner" y, sobre todo, como "El". Pero después del ícono pop como Nestornauta, no hubo otras creaciones visuales. Incluso los esténciles, que abundaron en los primeros meses, después de octubre de 2010, estilizando la foto de tres cuartos de perfil, hoy son menos frecuentes que su nombre acompañado de alguna consigna.
En el discurso de Olivos, donde la Presidenta rompió el suspenso y destapó a Boudou como candidato, la presencia de Kirchner se materializó, no bajo la figura del fantasma que reproduce de modo siniestro a la vida, sino como un viento vivificador que abrió las puertas y sopló desde el Sur. Si mañana aparecieran de nuevo fotos suyas, gigantografías del pasado, en las ciudades argentinas o al borde de las carreteras, ellas no atenuarían el hecho de que durante meses se haya preferido su nombre a su imagen. Para que nadie me lo indique, me apresuro a reconocer que las pancartas de los actos mezclan carteles nuevos y viejos, que allí se recicla todo lo que hay en los depósitos y que, por lo tanto, en los actos, su imagen es visible. La pregunta es otra: ¿por qué esta insistencia en el nombre sin la misma insistencia en la imagen del presidente muerto?
A la Presidenta le gusta nombrarlo. En primer lugar, porque así realiza un acto que será recibido por su audiencia con las mismas claves con que el nombre ha sido pronunciado: deuda, agradecimiento, reconocimiento de una gestión y, sobre todo, continuidad. "Soy la que soy porque fui con Néstor." También es posible escuchar la inversa: "Fue el que fue porque fue conmigo". Pero este implícito no se pronuncia porque es un fundamento profundo de la autoridad presente, y su profundidad lo vuelve impronunciable: nadie es igual a un muerto. La Presidenta lo nombra, en segundo lugar, porque responde a las audiencias que también lo nombran: se reactualiza así el momento más íntimo y público de comunidad entre ella y el pueblo. En tercer lugar, porque la heredera de Kirchner ha recibido el legado sin retaceos. Es sucesora legítima y única. En planos muy lejanos, de vez en cuando, alguien dice la frase: "Kirchner era diferente en el día a día; estaba más sobre las cosas; era más fácil llegar a él". Pero esta cualidad de Kirchner no representa todavía una carencia de Cristina Fernández, que impuso su estilo, ya que no había otra solución y no se podía inventar otro.
Todo esto es bien evidente. Pero posiblemente haya algo más, algo no sabido del todo, que se practica con la astucia y la soltura con que el peronismo ha manejado siempre sus símbolos. Es el único movimiento político argentino que ha logrado que su iconografía y su discurso se mantuvieran a lo largo de décadas. Los símbolos activos son la reserva de identidad: según las coyunturas, en un largo proceso de autocreación, el peronismo los dispuso de modo diferente; les agregó efigies; desplazó otras a segundo plano; volvió a traerlas si lo consideró necesario.
Pero lo que creo ver, en el caso de Néstor, es singular. Su nombre está por todas partes, incluso como rótulo de torneos deportivos, continuando de este modo una tradición que llega del personalismo peronista de los años 50. Se trata del nombre más que de la efigie.
Por un lado, podría pensarse que el nombre refuerza el unicato presidencial: "Néstor" es "Néstor y Cristina", ambos llevan el mismo apellido, ocupan sucesiva y simultáneamente la misma función; son padres de los mismos hijos. En particular, la hija, que es muy parecida al padre, ha venido a fortalecer esta idea de dos en uno: la noche de las elecciones primarias, la Presidenta la sumó al plano televisivo y a la foto de la victoria. La hija ahora viaja con la Presidenta, sin motivo explícito, como viajaba Zulemita con Menem. El hijo ocupa una no visible, pero importante función de jefe de familia en su carácter de administrador y acrecentador de una fortuna familiar (que para Néstor Kirchner fue un rubro importante porque siempre creyó que no se puede ser pobre y hacer política). Rumores y trascendidos, todavía incomprobables, indican que el hijo tendría algún peso en las decisiones de su madre. Todo está unido al apellido común. Pero no se trata solamente de esto.
Hay algo más: la fuerza del nombre prevalece sobre la fuerza de la imagen. La imagen de Néstor sería, ineludiblemente, la representación de su ausencia. Por más que muchos quieran seguir llorándolo, no estamos en el momento del llanto, sino de la celebración, porque hay otro jefe, una jefa, allí donde antes estuvo Néstor. Se produce así una curiosa y productiva contradicción: Néstor es irreemplazable, pero para seguir siendo irreemplazable tiene que ser reemplazable. Cristina ocupa el lugar del irreemplazable. Una imagen desplazó a otra con gran éxito. Por primera vez, hubo sucesión sin guerra en el peronismo, que vivió una parte de su historia en luchas sucesorias. Ahora funcionó perfectamente la sucesión por matrimonio que jamás habría podido funcionar en el caso del viejo Perón e Isabel, porque ellos no formaban una sociedad política como la de los Kirchner, y porque la magnitud de uno era inconmensurable con la inanidad de su esposa.
Un cuerpo vivo, el de Cristina, tomó el lugar de las imágenes. Por supuesto, seguirá habiendo centenares de imágenes de Néstor, películas, videos, series de televisión, etc. Hay plata del Estado para hacerlo. Pero en términos políticos, el cuerpo presidencial es único. ¿Dónde pervive Néstor, el fundador, el hacedor, el Gran Muerto? Transmutado en "El", Néstor crece en el discurso, en el que se lo menciona como la fuerza de lo que vendrá: "El" tiene la capacidad que no tiene ninguna imagen, porque está presente de manera invisible. Es convocable (como los espíritus). Cuando alguien es designado "El", salta de categoría. De algún modo, ninguna representación alcanza para abarcarlo en su grandeza.
No estoy afirmando que un publicista, digamos Braga Menéndez, haya diseñado esto. Es ingenuo pensar que todo está bajo control, como si se tratara de la más grosera publicidad política en la que el Gobierno da muestras de descollar con frecuencia y por cadena nacional.
Lo que sucede con la palabra "Néstor" no está escrito en un capítulo del manual del perfecto kirchnerista; es algo que ha resultado. La palabra "El" trae a Néstor mejor que ninguna imagen: lo saca de esa muerte, que la imagen no puede evitar, y lo pone en el presente de la voz de su viuda; refuerza el unicato presidencial dándole un fundamento trascendente. No sale de un instructivo de publicidad. Prueba una vez más (por si fuera necesario) el talento peronista para la simbología.

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