¿Por qué no voté a Cristina?



¿Por qué no voté a Cristina?










El 14 de agosto, muchos de los que éramos opositores al kirchnerismo caímos en la cuenta de que algo de lo que criticábamos no estaba tan mal, si Cristina se había alzado con más de la mitad de los votos en las primarias y se encaminaba a aumentar su caudal en octubre, ante la deserción opositora. Hoy, dos días después del 54% de los votos obtenidos por la Presidenta el 23 de octubre, todavía somos un 46% de la sociedad los que no votamos por Cristina. ¿Por qué no votamos a Cristina?
En primer término, debo hacer un reconocimiento, que es el que seguramente prioriza la mitad de los argentinos. El kirchnerismo se ocupó de los marginados, así como el peronismo de 1945 se había ocupado de los trabajadores. Nadie lo había hecho hasta entonces de manera directa, tocándolos con las manos, dándoles dinero, viviendas y otros bienes, permitiéndoles la protesta en las calles y la ocupación de terrenos donde vivir. El kirchnerismo logró mantener el crecimiento económico y redistribuyó el ingreso a favor de los trabajadores, sobre todo, los sindicalizados. El kirchnerismo se ocupó también de otros marginados (argentinamente insólitos) del sistema económico: los artistas, los intelectuales y los científicos. Con esto solo basta para explicar el 50% de los votos, sin dudas.
Pero en 1995, Carlos Menem también obtenía el 50% (49,94%, para ser preciso) de los votos en su reelección presidencial, aunque parezca mentira para muchos hoy. Y se podría haber dicho entonces que Menem se había ocupado de darle estabilidad al peso, tras años de inestabilidad, que con ello muchos jóvenes profesionales estaban pudiendo acceder a una vivienda propia a través del crédito de largo plazo, que las empresas prestadoras de servicios públicos por fin empezaban a funcionar de manera normal, que entraban inversiones extranjeras a un ritmo hasta entonces desconocido, etc. Y todo eso bastaba seguramente para explicar el 50% de los votos que obtuvo Menem, entre ellos, el mío. Y seguramente también, entonces, quienes no lo habían votado ni se podían explicar por qué los demás lo hacían, se tuvieron que preguntar en qué se estaban equivocando. Y los más honestos no habrán cedido a la tentación del “voto licuadora”, como yo ahora, que pretendo ser honesto, tampoco cedo al “voto LCD”. Algo más hubo y hay en un 50% de adhesión a un Presidente.
No quiero hablar ahora de lo efímero que puede resultar un 50% de los votos sólo 10 años después de conseguidos, porque cualquiera que haya pronunciado la palabra “menemismo” en 2005 lo pudo verificar por sus propios medios. Quiero centrarme, en cambio, en lo que el 46% de los que no votamos a Cristina queremos decir con ese rechazo, a ver si yo mismo logro alguna comprensión de ese espacio hoy tan desoladoramente vacío.
Cristina se ubicó en la cima de un relato político, construido con toda inteligencia y decisión por los intelectuales kirchneristas después del Bicentenario. Y es justamente ese relato el que a mí no me interpela, sino que, por el contrario, me produce algún rechazo. Y esto a pesar de que soy un intelectual que gusta que la política tenga altura intelectual, como la tiene con Cristina y la tuvo con Raúl (parece que los apellidos significan poco a estas alturas). ¿Qué es lo que rechazo? Rechazo la idea de que hay una visión del país que es la popular y otras que son o bien extraviadas, dictadas por los centros de poder económico extranjero para engañar a cipayos como yo y tantos otros, formados como estamos en culturas extranjerizantes, o bien oligárquicas, o bien alguna otra cosa mala e irredimible (lo digo sin ironía). Ahora que triunfa la visión popular, por fin, la Argentina del pasado está siendo vencida y pronto será dejada atrás para siempre, con el triunfo del pueblo. Esto es lo que nos dicen y lo que nosotros rechazamos.
A mí me gusta mucho la visión popular argentina de la vida, la disfruto, me divierte, pero en el fondo no la comparto como ideología. Como soy liberal en mis principios, toda forma de colectivismo que no sea extremadamente moderada me resulta incómoda, me aprieta el zapato. Me divierte, porque soy argentino, la confusión grupal de la cancha de fútbol, las reglas comunitarias de la amistad leal, la lógica de clan de los iguales, el humor nacido de la cargada al que se hace el exótico y pretende personalizarse demasiado, saliéndose de la regla de la barra de amigos. Me crié en esa lógica, como casi todos nosotros. Me hace bien vivir así mis amistades. Pero, justamente, es una lógica que me gusta para las amistades y la vida social, no para mi vida laboral, económica o política: ahí me siento cómodo con mi individualidad, con mi propiedad, con mi dinero, con mis cuentas bancarias inviolables, con mi libertad de conciencia y con la valentía de decir las cosas que pienso aun cuando puedan parecer una traición para la “barra de amigos”.
Me dirán que soy así porque nací en un hogar acomodado y con talentos naturales sobre el promedio y que, de no haber sido así, aceptaría gustoso las reglas de juego comunitarias también para mi vida económica y política. Y es posible que sea verdad. Pero soy así, como lo somos muchos millones de argentinos, que queremos seguir siendo así, que nos gusta ser argentinos para el asado pero no tanto como para llegar a que nos digan qué tenemos que hacer y pensar, a qué precio tenemos que vender, a quién le tenemos que comprar. Nos sentimos mal cuando nos dicen qué hacer con nuestras cosas, nos ofenden. Acepto pagar los impuestos que determine el Congreso, si es que debo compensar mi suerte personal en la lotería de la vida para ayudar a otros no tan afortunados. Pero no acepto las órdenes caprichosas de un funcionario que juzga a su solo parecer qué es hacer justicia cada mañana.
Debo reconocer que tiempo atrás yo mismo tenía la intención de hacer lo propio con los “comunitarios peronistas” (entre ellos, algunos amigos del alma). Quería liberalizarlos, quería que fueran individuos, evangelizarlos a la usanza moderna. Hasta los burlaba… Perdí por paliza. Ahora entiendo que hay muchos millones, tal vez más que nosotros, que quieren vivir así, al menos por ahora. Y que incluso son muchos los intelectuales que también gustan de vivir así (entre ellos, algunos amigos del alma), porque se sienten parte de un todo social que les da un sentido a sus vidas. El precio que pagan por la pérdida de individualidad que yo promuevo les parece bajo a la luz de lo que ganan: sentido para la vida, algo que, en la globalización, es cada vez más raro de encontrar. Y está bien. Sienten eso y son felices así. ¡Pero yo no y quiero ser feliz a mi manera también!
¿Podemos ser felices las dos mitades de argentinos en un mismo país o la felicidad de unos excluye la de los otros? Esta es la pregunta que no me hice en 1995, lo reconozco, y que ahora les pido a los kirchneristas que se hagan, con lo difícil que es. Sería deshonesto de mi parte no comprender su negativa, aunque no por ello dejo de pedir que lo intenten, por lo menos, los más lúcidos de entre ellos (algunos amigos del alma).
Para mí, una república viva como la que quiero para vivir mi vida es un lugar donde se pueda hacer a la vez lo que todos queremos que se haga. Si hay muchos argentinos que quieren vivir de una manera que a otros les parece “vendepatria”, éstos deben reflexionar antes de prohibirles hacer su vida. Así como si hay muchos otros que quieren vivir dirigidos por sus líderes, confundidos en un proyecto colectivo Nac&Pop, nosotros no podemos negarles su preferencia. Pero estoy convencido y me gustaría convencer a todos de que no hay UN proyecto superior: ¿quién podría determinarlo, sinceramente? Hay muchos argentinos que queremos cosas distintas y tenemos que tratar de que la mayoría de esos planes de vida puedan llevarse a cabo a la vez. Que es difícil, ya lo sé, pero de encontrar soluciones a esas dificultades trata justamente la política; si no, ¿de qué se trataría?
Nadie quiere la pobreza, la miseria, la falta de educación o de vivienda. ¡Ni siquiera Macri quiere eso (no soy del PRO pero escucho cosas por el estilo en la radio)! Sólo tenemos miradas distintas de cuál es la mejor manera de lograrlo. Para nosotros, las maneras kirchneristas son “clientelistas”. No nos preocupa tanto el beneficio político-electoral del puntero que entrega planes, por más que dé espacio para la corrupción, como las consecuencias a futuro de esta manera de “inclusión social y política”. Consideramos que propicia la dependencia en vez del trabajo y el valerse por sí mismos. No vemos verdadera inclusión económica, sino dependencia, ni verdadera inclusión política, sino participación masiva y pasiva.
Pero la crítica que nos harían, a saber, que hay que hacer algo ahora en vez de seguir esperando el derrame en medio de discursos, es muy entendible. Son pros y contras de cada camino, pero ninguno de ellos es malintencionado por sí mismo. Hoy gobierna el kirchnerismo y elige su camino y tiene todo el derecho de hacerlo. Pero el otro camino no es el “mal camino de los fracasos del pasado que querían poner a la Argentina de rodillas”. Es sólo un camino más, lleno de espinas como cualquier camino que pretenda sacar de la miseria a 10 millones de personas en cualquier lugar del mundo. Amigos: el hambre y la miseria son los enemigos de la humanidad, porque nacemos con hambre y tenemos que trabajar para superarlo. No se necesita de un enemigo para sentir hambre: basta con tener un estómago y esperar unas horas. Que se pueden complicar las soluciones al hambre por maldad, de acuerdo. Pero esa maldad es el lujo de muy pocos. El resto queremos el bien, sólo que es algo muy difícil de lograr.
¿Lograremos los argentinos de la próxima década aceptarnos mutuamente y vivir juntos sin despreciarnos, ningunearnos, deslegitimarnos asignándonos intenciones malignas en vez de comprender que elegimos caminos distintos, a pesar de estar todos en la misma, cuando vamos a la cancha o cuando comemos asado con los amigos del alma? Sueño con un gran país que logre esa convivencia. Todas las dificultades, que son muchas, seguramente se harán más pequeñas ante tamaña coincidencia tan postergada.

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