Suposiciones



Suposiciones

Supongamos que una mujer se despierta, se despereza en la cama, se cepilla los dientes y se lava la cara. Imaginemos que desayuna un tazón de café negro, espeso, con tres de azúcar y cortado con un chorrito de leche fría. Por ponerle un nombre, la llamaremos Victoria, y por darle una ocupación, diremos que es periodista. Vicky -hay que familiarizarse con el personaje- necesita escribir una nota para publicar en el diario para el que trabaja. Supongamos que recibe una fija de un militante de una agrupación de Derechos Humanos, quien le refiere que encontraron a un Coronel de 85 años al que todavía no metieron en cana. Según el informante, el Coronel es responsable directo, indirecto, por acción u omisión, de la desaparición de dos empleados que trabajaban bajo su órbita. Vicky presta atención a un dato, el cual no le parece menor: el Coronel es padre de un candidato a diputado por el PRO.

Hagamos de cuenta que a Vicky se le acabó el crédito del celular, que se le cayó el servicio de internet y que el teléfono de línea se encuentra interrumpido por problemas técnicos. Pongamos que tampoco cree en los condicionales y que la información le pareció certera. Si todos sus conocidos dicen que Macri es la dictadura, algo habrá hecho. Además, Vicky recuerda que sus compañeros de redacción nunca creyeron en el cambio prometido por Esteban Bullrich, al asumir en reemplazo de Abel Posse, y de entrada le encontraron a un asesor que había sido legislador por el partido de Bussi. Vicky no cree en casualidades, si ese asesor es el mismo al que ahora vinculan con su padre, es lógico que milite en el partido de quienes prefieren las genocidas pistolas eléctricas Tasser, frente al humanitario plomo de las balas policiales. ¿Para qué usar un "sería", si la deducción dice que "es"?

Imaginemos que Vicky escribe la nota y se olvida del objeto principal de la misma -comunicar la noticia, la denuncia contra un Coronel de jóvenes 85 pirulos- y centra sus palabras en el ataque de lo no corroborado. Hagamos de cuenta que Vicky la caga.

Supongamos que soy periodista, me despierto, desayuno con un tazón de café negro, espeso, con dos de azúcar y me quemo como todos los días. Hagamos de cuenta que debo escribir una nota para un medio y me pasan una fija: en la provincia de Buenos Aires quieren reemplazar a Cassal y poner a Martín Arias Duval. Imaginemos que ese Arias Duval fue viceministro de Seguridad en la inolvidable e ineficiente gestión de León Arslanián. A ojo de buen cubero, podría afirmar que el gobernador Scioli daría "Me Gusta" a la página de Facebook "Que vuelvan los milicos", dado que con googlear el nombre del candidato a ministro, nos aparecen tres Coroneles Arias Duval, todos con procesamientos por delitos de lesa humanidad y que es más que obvio que Martincito es hijo y sobrino, respectivamente -acomode a gusto- de cada uno de esos ex uniformados.

Hagamos de cuenta que un ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, afirma que "si los militares estuvieran en el poder, varios estaríamos en el baúl de un Falcon verde", como argumento para darle más fuerza al modo en que calificó a los familiares de los militares presos, a quienes calificó de extremistas por reclamar mayor celeridad en los procesos judiciales. Supongamos que dicho Juez de la máxima autoridad de la justicia nacional, no hizo nada cuando varios salían a pasear en los baúles de los vehículos Ford a mediados de los años setentas. Hagamos de cuenta que ese buen hombre, al que llamaremos Euge sólo por amistosa cordialidad, juró sobre los estatutos del Proceso cumplir fielmente lo que a Massera, Agosti y Videla se les cantara el orto mandar. Imaginemos que este mismo Juez, quien hace unos meses señaló a las fuerzas policiales como instituciones corruptas que trabajan en connivencia con bandas organizadas y que, un poquito más tarde, dice que no sabía que en la mitad de sus propiedades funcionaban puteríos clandestinos. Pensemos qué habría resuelto si le hubiera tocado juzgar a un policía por cobrarle a un cafiolo.

Supongamos, nuevamente, que soy periodista, me despierto, desayuno con un tazón de café negro, espeso, con dos de azucar y vuelvo a quemarme, como todos los días. Hagamos de cuenta que debo escribir una nota para un medio y acato la premisa de transmisión genética del mal. Imaginemos que se me ocurre googlear el nombre de una chica, a la que podríamos llamar -cariñosamente- Vicky. Pongamos que de Vicky sólo se que trabaja de periodista para un diario más que afín al oficialismo. Supongamos que encuentro una biografía de una persona que se llama igual que ella, que desempeña su misma profesión y que es hija y sobrina de guerrilleros...perdón, militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo. Y, imaginemos, que resulta ser que muchos de estos parientes cayeron en el campo de una batalla que ellos mismos iniciaron al intentar tomar un arsenal del Ejército en el conurbano bonaerense, atentando contra un gobierno constitucional.

Supongamos que tenemos un coeficiente intelectual superior a la idiocia y creemos que derrocar a un gobierno constitucional es gravísimo, pero que atentar contra el mismo con el objeto de derrocarlo, no es muy distinto que digamos. Hagamos de cuenta que tenemos la creencia de la transmisión generacional de la culpa y creemos que Vicky no debería opinar libremente, porque de seguro es portadora de genes desestabilizadores, golpistas, subversivos y comunistas.

Por suerte para Vicky, nosotros -al menos varios- no creemos en la boludez hereditaria y jamás culparíamos a los hijos por las cagadas de los padres. Aunque en este caso, aplicando una fórmula del derecho penal, podríamos decir que Vicky la cagó con error en el objeto: se equivocó de hijo, pero quedó demostrado que no le importaría destrozar a cualquiera que sea familiar de un cadete del colegio militar egresado en diciembre de 1983.

Martes. Supongamos que hoy puede ser un gran día.

Entradas populares de este blog

linea de tiempo con los hechos más importantes de la historia de Argentina