La Venezuela de Chávez: La torre rota...



Jon Lee Anderson



 La revolución que intentaba llevar a cabo nunca tuvo realmente lugar. Comenzó con Chávez y con él, probablemente, acabará.


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El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el presidente ostentosamente radical de Venezuela, sufrió su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido, bajo estrecha custodia, en un hospital de La Habana. Sólo los más cercanos miembros de la familia y colaboradores –y, presumiblemente, los hermanos Castro– tienen permitido verlo. No ha habido video alguno de él sonriendo desde una cama de hospital, ningún registro de su saludo a los leales.
Los funcionarios de Chávez sólo admiten que experimenta “severas dificultades respiratorias”, pese a los rumores de que se encuentra en un coma inducido y con respirador. La presidenta de la Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada, llevándole una Biblia, y aunque no dijo si lo había visto, tuiteó luego: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que se está recuperando y que incluso firmó un documento –una prueba de vida que fue debidamente exhibida ante la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonó como un adiós.
Es adecuado que Chávez haya venido a descansar a Cuba, que ha sido un segundo hogar para él durante largo tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a hablar en la augusta sala de conferencias de la Universidad de La Habana. Chávez, un ex paracaidista, se había convertido en el presidente de Venezuela apenas nueve meses antes pero tenía a la audiencia fascinada, incluyendo a Castro, su hermano menor Raúl y otros altos miembros del politburó de Cuba. Desbordante de expresiones de buena voluntad hacia Cuba, Chávez elogió a Castro y lo llamó “hermano”. Era imposible ignorar las implicaciones de su visita. Desde el fin de los subsidios soviéticos, ocho años antes, Cuba había estado peleando para sobrevivir y Venezuela era rica en petróleo; Chávez viajaba con una delegación de la compañía nacional petrolera. Ya entonces un orador expansivo, Chávez habló durante noventa minutos y Castro sonrió atentamente a todo lo largo. Un hombre junto a mí me susurró que jamás le había visto exhibir tanto respeto por otro líder.
Esa noche, una multitud llenó el estadio nacional de La Habana para un partido amistoso de baseboll entre veteranos de los equipos de los dos países. El humor era festivo. Chávez lanzó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una casaca de baseball sobre ropa de fajina, actuó como director técnico de Cuba y dio una lección de táctica a su invitado: a medida que el juego avanzaba, infiltraba jóvenes en el campo disfrazados con barbas postizas, que más tarde se quitaron, desatando gritos y risas en la multitud. Al final del juego, Cuba estaba adelante por cinco a cuatro, pero Chávez declaró: “Tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundiza nuestra amistad”.
No mucho después Cuba recibía cargamentos de petróleo venezolano a bajo precio a cambio de los servicios de maestros, médicos e instructores deportivos cubanos, que trabajaban para un enorme plan de asistencia a la pobreza lanzado por Chávez. Desde 2001, decenas de miles de médicos cubanos han dado tratamiento a los pobres de Venezuela y gente con problemas de la vista ha recibido atención en Cuba, en un programa que Chávez llamó, con grandilocuencia típica, Misión Milagro.
Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el comienzo fue un ferviente discípulo de Simón Bolívar, el libertador de Venezuela y su héroe nacional por excelencia; enseguida después de que Chávez asumió el cargo, rebautizó al país como República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: era un luchador por la libertad carismático, cuyas sangrientas campañas liberaron buena parte de Sudamérica de la España colonial. Pero, aun cuando admiraba la Revolución Norteamericana, tenía mucho más de autócrata que de demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de la era moderna –el sostenedor de la lucha antimperialista. En 2005, Chávez anunció que, después de un largo período de estudio y reflexión, había decidido que el socialismo era la mejor vía hacia adelante en la región. En unos pocos años, con sus miles de millones de dólares del petróleo y la mano de Castro como guía, Chávez resucitó el lenguaje y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Reconstruiría Venezuela para convertirla en lo que en su discurso de la Universidad de La Habana llamó “un mar de felicidad y de justicia social y paz verdaderas”. Su objetivo explícito era mejorar la situación de los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de su errática campaña están a la vista.

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Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI la situaron cuidadosamente: en las montañas antes que en la vecina costa caribeña para protegerla de los piratas ingleses y las incursiones indígenas. Actualmente, la costa, a diez millas de la ciudad, es accesible gracias a una ruta empinada que fue abierta con explosiones en las montañas por orden del difunto dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante los años ’50. Una figura despiadada y ampliamente odiada, Pérez Jiménez fue derrocado después de seis años como presidente, pero dejó detrás un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, viviendas públicas, túneles, puentes, parques y carreteras. Décadas después, mientras buena parte de América Latina tascaba el freno de las dictaduras, Venezuela era una democracia dinámica y mayormente estable. Como una de las naciones del mundo más ricas en petróleo, tenía una creciente clase media, con un impresionantemente alto estándar de vida. Era, también, un firme aliado de los Estados Unidos; los Rockefeller poseían campos petroleros allí, así como vastas estancias, donde los miembros de la familia cabalgaban con amigos venezolanos.
La perspectiva de una buena vida en Venezuela atraía a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, y ellos contribuyeron a dar a Caracas su reputación como una de las ciudades más modernas y atractivas de la región. Tenía una espléndida universidad, la Universidad Central de Venezuela, un museo de arte moderno de primera clase, un elegante country club, una línea de finos hoteles y playas exquisitas. Para finales de los años ’70, mientras las venezolanas se convertían en ganadoras permanentes del concurso de Miss Universo, la mayoría de los demás latinoamericanos habían llegado a considerar al país un lugar bello para gente bella. Aún su más notorio forajido, el terrorista marxista Illich (Carlos, el Chacal) Ramírez Sánchez era un dandy, con un gusto por las corbatas de seda y el Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido el pico del atractivo de Caracas, se inauguró la primera línea de su nueva red de subterráneos, así como el Teresa Carreño, un complejo teatral de nivel internacional.
Esa ciudad apenas se puede ver hoy. Después de décadas de negligencia, pobreza, corrupción y convulsión social, Caracas se ha deteriorado más allá de toda medida. Tiene una de las más altas tasas de homicidios del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones, unas 3600 personas fueron asesinadas, es decir una cada dos horas. La tasa de asesinatos de Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el cargo. En verdad, el crimen violento, o su amenaza, es probablemente la característica definitoria de Caracas, tan inescapable como el clima, generalmente glorioso, y el tráfico, que es horrible, con autos congestionando las calles durante horas cada día. Los vendedores vadean el embotellamiento tratando de encajar juguetes, insecticidas y DVDs de contrabando, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares por unas monedas. Graffiti cubren las fachadas; la basura se apila en las veredas. El Río Guaire, que corre a través del corazón de la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de indigentes sin hogar, en su mayoría drogadictos y enfermos mentales. Los distritos más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad coronados por alambre electrificado. En los portones de acceso, guardias armados mantienen la vigilancia detrás de vidrios opacos.
Caracas es una ciudad fallida, y la Torre de David es quizás el símbolo máximo de ese fracaso. La Torre, un zigurat de vidrio espejado coronado por un gran ascensor vertical, se eleva cuarenta y cinco pisos sobre la ciudad. Como elemento distintivo del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre, de dieciocho pisos, y un estacionamiento elevado, es visible desde cualquier lugar en Caracas, que es, todavía, una ciudad de edificios modestos. El barrio circundante es típico: un ladera de casas de una y dos plantas y de tiendas, asomándose unas pocas cuadras por fuera de los flancos de El Avila, una montaña selvática que conforma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.
La Torre lleva su nombre por David Brillembourg, un banquero que hizo su fortuna durante el boom petrolero de Venezuela, en los ’70. En 1990, Brillembourg lanzó la construcción del compoejo, que esperaba se convirtiera en la réplica venezolana de Wall Street. Pero murió en 1993, mientras todavía estaba en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria barrió a un tercio de las instituciones financieras del país. La construcción, completa en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue retomada.
Vista a la distancia, la Torre no ofrece indicación de problema alguno. De cerca, sin embargo, las irregularidades en la fachada se hacen evidentes. En algunos lugares faltan paneles de vidrio y los huecos fueron tapiados; por todas partes asoman los discos satelitales como hongos. Y no hay paneles a los costados. El complejo todo es un gigante de cemento sin terminar –en el que vive gente. Casas de ladrillo construidas toscamente, parecidas a las que cubren las laderas que rodean a Caracas como costras, han llenado los espacios vacantes entre muchos de sus pisos. Sólo los más altos están abiertos al cielo, como plataformas de una gran torta de bodas. Guillermo Barrios, el decano de arquitectura de la Universidad Central, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su ícono, y no tengo dudas de que el ícono arquitectónico de este régimen es la Torre de David. Corporiza la política urbana de este régimen, que puede ser definida por la confiscación, la expropiación, la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como un símbolo de la eminencia de Venezuela, se ha convertido en la villa miseria más alta del mundo.

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Para cuando Chávez asumió la Presidencia, en 1999, el centro de la ciudad estaba descuidado y decaído, y la Torre había quedado en custodia de una agencia federal de seguros. Cuando el gobierno intentó venderla en una licitación pública, en 2001, nadie se presentó; un plan para convertirla en la principal sede de la alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre de 2007 varios cientos de hombres, mujeres y niños, liderados por un grupo de endurecidos ex convictos, invadieron la Torre y acamparon en ella. Una mujer que participó en la invasión me contó: “Entramos en una especie de cueva, como cerdos, todos juntos. Abrimos la puerta y desde entonces hemos vivido aquí”. Estaba asustada, pero sintió que no tenía alternativa. “Todo el mundo buscaba un techo, porque nadie tenía dónde vivir. Y fue una solución”. Muchos otros querían lo mismo. Los líderes de la invasión empezaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría pobres de las villas miserias de Caracas, que querían cambiar las fangosas laderas por la ciudad misma.

Hoy, la Torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” de edificios desocupados por grandes grupos organizados de okupas, conocidos como “invasores”. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno comenzó, en 2003: bloques de departamentos, torres de oficinas, depósitos, shopping centers. Actualmente, los invasores ocupan unos 155 edificios de Caracas. El complejo de la Torre alberga a unas 3.000 personas, que llenan la torre más pequeña completamente y a la más alta hasta el piso 28. Jóvenes con motos operan un servicio de mototaxi para los residentes de los pisos altos, conduciéndolos de la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento anexo, desde el cual pueden subir por unas rudimentarias escaleras de cemento. Para quienes viven arriba del décimo, es una larga subida.
En un viaje reciente a Caracas, pedí a un taxista que me dejara frente a la Torre de David y me miró en shock. “¿No va a entrar, no?”, dijo. “¡De allí viene todo el mal de esta ciudad!”. La Torre ha ganado fama como centro del crimen de la ciudad, alimentada por relatos periodísticos sobre el lugar como un refugio de matones, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinómino de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que viven entre ellos, controlados por pandilleros armados con el tácito consentimiento del gobierno de Chávez.
El jefe de la Torre es un ex criminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexander (El Niño) Daza. Ardiente seguidor de Chávez, aceptó verme sólo después de que un intermediario le asegurara que yo era aceptable políticamente. Cuando llegué a la principal entrada de la Torre, unas mujeres que se hallaban dentro de una caseta de seguridad con una puerta electrónica me hicieron mostrar un documento y firmar un registro, y me permitieron pasar sólo porque era invitado de Daza. Este me esperaba en el atrio, un espacio de cemento abierto entre los dos principales edificios. Una música ensordecedora salía de un par de grandes parlantes fuera del camino de entrada a la “iglesia” de Daza, un cuarto en planta baja donde predica los domingos; supuestamente ha renacido en prisión. Bajo y robusto, con cara juvenil, tenía treinta y ocho años pero aparentaba menos.
Nos sentamos en una pared baja para conversar, pero, con los parlantes a todo volumen, era virtualmente imposible escucharlo. No habló sobre la Torre, su comunidad, o sobre su rol como autoridad allí. En cambio, haciéndose eco del lenguaje de los funcionarios de gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” estaban siempre buscando formas de distorsionar la verdad, de atacar “la causa del pueblo” y “dañar a Chávez”. Cubriendo a Chávez, yo había pasado una buena cantidad de tiempo con él a lo largo de los años, y cuando se lo dije a Daza pareció cautelosamente impresionado. Después de un rato, se aflojó considerablemente y me mostró a su mujer, una bella joven llamada Gina, que paseaba con un bebe.
Buena parte de la vida comunitaria de la Torre ocurría fuera de la vista, muy por encima de nosotros, pero algunos de los departamentos de los niveles más bajos se hallaban a la vista del atrio. Había ropa colgada de toscos balcones y algunos discos satelitales. Se veían señales de la afiliación política prevaleciente. En la elección reciente, Daza había hecho lo que había podido para convertir a la Torre de David en una base de apoyo a Chávez, y una gran bandera roja en su honor colgaba encima de nosotros.
Daza rechazó con protestas las historias sobre la Torre como centro criminal y sobre él como criminal. Él y su gente habían tomado el control de algo que estaba “muerto” y le dieron “vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Esta era una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no fue un bello ejemplo de autodeterminación del pueblo, sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro –uno de los matones oportunistas que han llegado a tipificar la vida en las calles de Venezuela—disfrazado de pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio –la más salvaje forma de capitalismo”, sostuvo. “Se arropa en la religiosidad, pero detrás de él hay un grupo violento que le permite llevar a cabo sus acciones”.

Chávez ganó la reelección en octubre (de 2012), y en las semanas posteriores en la ciudad había una atmósfera de incertidumbre. El presidente, que tiene 58 años, ha recibido tratamiento para el cáncer desde junio de 2011, pero se declaró suficientemente saludable como para completar otro período de seis años. Libró una dura campaña contra su oponente, Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representa al centroderecha, y ganó por un respetable margen de once puntos. Desde su discurso de victoria, sin embargo, no ha vuelto a aparecer en público.
En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me contó: “El presidente se está recuperando de la agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez se fue a Cuba para una revisión médica, y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos habían detectados nuevas células cancerosas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, declaró: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.
Chávez me contó alguna vez que Castro le había advertido públicamente que mejorara su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. Según Chávez, esto le atribuía demasiada importancia. Pero, en la medida en que su revolución avanzó, fue llevada adelante por su personalidad; hizo que las cosas ocurrieran cuando estaba presente físicamente, pero su administración era, de otro modo, caótica.
Chávez consolidó su educación ideológica en prisión. Fue encarcelado en 1992 por liderar un fallido golpe militar contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras estaba allí, apeló a Jorge Giordani –un profesor marxista de economía y planeamiento social de la Universidad Central—para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir a su movimiento bolivariano en gobierno”, me contó Giordani en 2001, cuando fungía como ministro de Planeamiento de Chávez. “Nunca terminó la tesis, sin embargo. Cuando le pregunto sobre ella, se limita a decirme: ‘Es lo que estamos haciendo, llevar la teoría a la práctica’”.
Giordani me mostró los planes para uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las fabelas, repoblar el campo”, dijo. De modo que él y Chávez habían enviado al Ejército al centro subdesarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles”, o SARAOs, que, según creían, crecerían hasta convertirse en pequeñas ciudades. Era una idea utópica, reconoció. “Pero en planificación social uno se mueve entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron archivados y las villas crecieron en su lugar. Era típico del modo ad hoc de gobierno de Chávez. Una vez, en el set de “Aló Presidente”, su show televisivo, lo vi lanzar un gran programa de expropiación de estancias para entregar las tierras a los campesinos. Hizo el anuncio con gran bonhomía, y a continuación relató jugada a jugada un partido de volleyball.

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Cuando llegué a Caracas, en noviembre (de 2012), había estado fuera por casi cuatro años y la ciudad lucía más sombría y decaída que nunca. Como siempre, sin embargo, estaba llena de carteles y banderas en los que el gobierno se felicitaba por diversos logros. Gigantescas fotografías mostraban a Chávez abrazando afectuosamente a ancianas y niños. Por todas partes –sobre muros, postes de luz y puentes de autopistas—había posters de la campaña reciente. Había graffiti y contragraffiti, y salpicones de pintura allí donde un partido había intentado sabotear los esfuerzos del otro.
La polarización ha definido la era Chávez, y sobre muy poco de la vida pública no se combate amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todos aquellos a los que vi tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me contó que el edificio era manejado por “lumpen con poder” (NdT: empowered, o “empoderados”), que controlan a los residentes con el mismo sistema violento que gobierna la vida interior de las prisiones de Venezuela. Guillermo Barrios culpó por las tomas al descuido en que el gobierno tenía a la ciudad, y a Chávez mismo. “El discurso político que ha justificado las invasiones, el robo directo, provino de los discursos de Chávez”, dijo. En 2011, Chávez pronunció un discurso urgiendo a los sin techo de Caracas a tomar galpones abandonados. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan donde está. Cada quien que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.
Las tomas de todo tipo de edificios se elevaron por las nubes. Después de que una desastrosa inundación, en diciembre de 2010, dejara otras cien mil personas sin techo, la mayoría desalojada de los barrios pobres de las laderas, Chávez se apropió de hoteles, un country club e incluso un shopping center para alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivían en parques de la ciudad y en una tienda de campaña frente al palacio presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados adentro del palacio. La situación era claramente urgente y, manteniendo su estilo casi militar, Chávez declaró una nueva “misión”: La Gran Misión Vivienda.
En Caracas, una gran parte de la carga de la Misión Vivienda cayó sobre Jorge Rodríguez. Ex vicepresidente de Chávez, Rodríguez ha sido alcalde de Libertador, la parte central de la ciudad, desde 2008. Fui a verlo una mañana en su oficina en un bello edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Un hombre delgado y amigable con la cabeza rapada, Rodríguez estaba vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: blanca guayabera sobre jeans negros y zapatillas. Su oficina está dominada por una enorme pintura al óleo de Simón Bolívar y tiene vista a la encantadora plaza bautizada Bolívar y decorada con una gran estatua de bronce de Bolívar.
No había interiorizado la dimensión del deterioro de Caracas hasta que se convirtió en alcalde, dijo. “En mi primer día en el cargo, miré por esta ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Pensé ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad’”. Contó que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, comenzando desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.
Rodríguez responsabilizó a gobernantes pasados de los problemas de Caracas. Desde que los españoles la construyeron, ha crecido sin planificación –excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero fue derrocado”, explicó Rodríguez. Describió el arco que fue de la fundación a la emergencia actual como “un terremoto en cámara lenta”. Los pobres que habían vivido alguna vez en los barrancos o las laderas de las montañas se habían mudado a la ciudad por necesidad. El rico sector privado había dejado de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había llevado la situación a una crisis.
Por todo el país, la falta de vivienda era de tres millones, y el objetivo para el año era de 270.000 unidades, indicó. Barios me había dicho que durante la mayoría del período Chávez el gobierno había construido apenas 25.000 unidades por año en promedio, atendiendo un porcentaje inferior de las necesidades que cualquier otra administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró que estaba bien encaminado para alcanzar su objetivo. Dijo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Todavía tenían un largo camino por recorrer, admitió. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”. Se echó a reír y señaló sus zapatillas.
Hizo un gesto hacia la plaza y preguntó si notaba alguna diferencia respecto de mi última visita. Estaba vacía, advertí. No había uno solo de los vendedores callejeros que bloqueaban las peatonales del distrito histórico. “Nos libramos de 57.000”, indicó. Habían sido trasladados a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro. Con el respaldo del presidente, Rodríguez también había decretado que las invasiones de edificios ya no serían toleradas –pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos por semana de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.
Aparentemente el gobierno no aprobó oficialmente la invasión de la Torre de David, pero no hizo intento alguno de cerrarla. ¿Había un acuerdo tácito de dejar las cosas como estaban? Rodríguez lucía incómodo. Dijo: “La situación en la Torre de David es algo que tenemos que corregir, y tendrá que ser atendida por el gobierno a su debido tiempo”.
Alrededor de la ciudad había señales que de Chávez había comenzado a hacerse cargo de los problemas de los insuficientes transporte y vivienda públicos. Rodríguez me llevó hasta un sitio, sobre la Avenida Libertador, donde estaban derribando una cantidad de edificios, incluyendo a varias construcciones de cinco pisos de ladrillo y acero sobre vigas de aspecto improvisado. Junto a ellos, las villas al costado del camino estaban siendo arrasadas y sus habitantes reubicados. A los lados de varias autopistas había pilones para un nuevo tren elevado, comprado a China, parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y quitar presión de su sobrecargado sistema de subterráneos. Habían instalado un funicular, con grandes costos, para transportar pasajeros hasta San Agustín, una de las villas sobre las colinas más antiguas de la ciudad. Los coches partían de una reluciente estación y se movían silenciosamente en el aire, impulsadas por enormes poleas hechas en Austria. Cada coche estaba pintado con el rojo bolivariano –el color de adopción de Chávez—y llevaba un nombre: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista. Debajo, la basura se desparramaba por las laderas fangosas entre laberintos de barracones y callejones sucios. Me dijeron que no me bajara al final para no correr el riesgo de ser asaltado.

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Una mañana, Daza se reunió conmigo en un baldío cubierto de malezas detrás de la torre menor. Estaba supervisando a una cuadrilla de trabajo de cuatro adolescentes y un anciano, que mezclaban cemento en una vieja mezcladora y lo esparcían sobre un pedazo de cemento roto, barro, césped y escombros. Vestía jeans, mocasines de gamuza y una camisa a cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque de modo que las familias con hijos tuvieran un lugar seguro para venir a jugar, con fiestas y piñatas para los cumpleaños.
Los adolescentes de la cuadrilla estaban perdiendo el tiempo, Daza ladraba órdenes cada tanto, pero generalmente los dejaba hacer, pacientemente. Me dijo que eran jóvenes en riesgo, encomendados por sus padres. En la cuadrilla se los podía supervisar y, con un salario de unos cien dólares al mes, podían ganar un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba él mismo, explicó, porque el último jefe de cuadrilla había resultado ser un irresponsable. “Todo lo que hacía era andar de aquí para allá en su moto, armando desorden”, dijo.
Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró un garaje en la planta baja –un enorme espacio, vacío excepto por unos pocos autobuses urbanos rotos—y me explicó que era una importante fuente de ingresos: lo alquilaba a los choferes de autobús. Más tarde en el día estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de jóvenes holgazaneaban sobre unos sucios sofás, Daza planeaba montar una entrada de seguridad y una casilla para un guardia. A un lado del edificio, a la sombra de un mango, indicó un área sin uso donde quería construir una guardería para los hijos de madres que trabajaban. Cerca de la puerta del frente, esperaba abrir un café, “donde la comida bolivariana pueda ser vendida a precios socialistas”.
Mientras andábamos, Daza me explicó cómo funcionaba el edificio. Tenía un modo rítimo, enfático de hablar, como un predicador. “No hay régimen carcelario aquí”, afirmó. “Lo que hay es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie es obligado a colaborar. Nadie es un inquilino, sino un habitante”. Cada habitante tenía que pagar un abono mensual de ciento cincuenta bolívares (unos ocho dólares en el mercado negro de cambio) para ayudar a cubrir los costos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de la cuadrilla de trabajo. La gente que no podía costear la construcción de sus viviendas recibía asistencia financiera. Todos estaban registrados, y cada piso tenía su propio delegado para atender los problemas. Si estos no podían ser resueltos en el mismo piso, eran llevados ante la reunión de consejo de la Torre, que Daza lideraba dos veces por semana. Un problema común, indicó algo agrio, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadirlos de arrojar su basura en el patio. Los transgresores, apuntó, “reciben una advertencia para apelar a su conciencia”. Había un consejo disciplinario, y quienes repetían las infracciones podían ser echados del edificio, pero siempre había alguno que se tomaba libertades.
La versión de Daza sobre el sistema de orden de la Torre contrastaba patentemente con las hisorias que había escuchado sobre ejecuciones de estilo presidiario, personas mutiladas y cuyas partes eran arrojadas desde los pisos superiores. Este era un castigo usual para ladrones y delatores en las prisiones de Venezuela, y la costumbre se ha filtrado en los barrios manejados por pandilleros. Cuando le pregunté sobre esas versiones, Daza hizo el gesto de desentendimiento, curvando los labios, típico de los venezolanos. “Lo que queremos es que seguir viviendo aquí”, dijo. “Aquí vivimos bien. No oímos disparos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté cómo se había convertido en el jefe de la Torre, curvó los labios de nuevo y, finalmente, respondió: “al principio, todos querían ser el jefe. Pero Dios se libró de aquellos que quería librarse y dejó a aquellos que quería dejar”.

Muchos de los residentes de la Torre habían llevado vidas complicadas, tocadas por la confluencia de la pobreza y el crimen. En un transformado depósito, cerca de la iglesia de Daza, vivía Gregorio Laya, un compañero de prisión de Daza. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial en el Palacio de Miraflores, pero en los viejos días había formado parte de una pandilla de roleros –ladrones especializados en relojes costosos. Recitó la lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Usualmente, él y sus hombres esperaban fuera del teatro Teresa Carreño a que los asistentes salieran. Pero un día fue a robar al propietario de un gimnasio –“aquí cerca, apenas a unas calles”, dijo, señalando más allá de la Torre. Se había apoderado del reloj, pero, mientras se marchaba, el hombre extrajo un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “otra elección” que dispararle a su vez, dijo, y le dio varias veces, matándolo. También Laya estaba herido y la Policía lo arrinconó a unas pocas calles de distancia. Fue sentenciado a once años de prisión.
El departamento de Laya era un cuarto atestado con artículos esenciales para vivir –como el camarote de un marinero o, quizás, como una celda. Había una gran cama y una TV de plasma, un armario, una silla y un tender en una esquina con ropa lavada. Dijo que estaba satisfecho. Era afortunado en tener un trabajo y estaba agradecido a Daza por encontrarle un lugar en la Torre. Cada día pasaba por el gimnasio en camino al trabajo y pensaba en cuán diferente era su vida.
Daza me contó su propia historia en términos igualmente redentores. Un día me mostró su iglesia, un gran ex depósito pintado de verde con sillas plásticas apiladas y el atril de un predicador. Letreros de bordes dorados anunciaban en la pared Casa de Dios y Puerta del Cielo. Daza acomodó dos sillas y me invitó a sentarme.
Llegó de Catia, dijo, una de las más notorias villas miseria de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el menor de varios muchachos: sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo fuera de problemas hasta los ocho años, cuando algunos chicos más grandes le robaron la bicicleta y le propinaron una humillante golpiza. Los describió como malandros que habían aterrorizado al barrio. “Recuerdo mirarlos mientras perseguían a mis hermanos mayores”, contó. “Tenían armas, y mis hermanos corrían mientras los perseguían y les disparaban”.
“No me importaba si los mataban”, prosiguió. “Detestaba la forma en que volvían a casa y se comportaban con mi madre. La maltrataban, fumaban drogas y maldecían frente a ella. Solía decirles que eran unos cobardes, porque todo lo que hacían era traer sus enemigos al barrio y escapar cuando llegaban”.
Daza formó su propia pandilla. “Echamos mano sobre unas armas y después, cuando ya tenía quince años, como nuestra primera cosa, esperamos al líder de esos mismos malandros y nos acercamos y –hizo el gesto de disparar—acabamos con él”. Después de ello, se convirtió en el jefe del barrio.
Daza cumplió dos sentencias en prisión, una de cinco años y otra de dos. Durante la segunda, por un cargo de posesión ilegal de arma, un policía predicador vino a la prisión y lo convirtió. Emergió de allí “con el Evangelio” y estuvo intentado llevar una vida mejor desde entonces.

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Para Daza, como para muchos otros residentes de Caracas, la perspectiva de una vida mejor es tanto material como espiritual. La administración Chávez ha tenido efectos mercuriales sobre la economía de la nación. Mientras que su retórica anticapitalista ha inducido a algunas compañías a marcharse, otras han aprendido a trabajar con el gobierno y les ha ido bastante bien. Las regulaciones son increíblemente profusas –el mero acto de pagar una cena en un restaurante requiere mostrar un documento de identidad–, pero, perversamente, esto ha alentado el surgimiento de un empresariado del mercado negro. La constante es el flujo de dinero del petróleo, que otorga gran riqueza a alguna gente y también sostiene a un creciente sector público. Los venezolanos más pobres están marginalmente mejor en estos días. Y sin embargo, pese a los llamados de Chávez a la solidaridad socialista, su pueblo quiere seguridad y lindas cosas tanto como quieren una sociedad igualitaria.
Una noche, Daza insistió en conducirme de regreso al hotel. Él, Gina y yo esperamos fuera de la Torre mientras un brillante Ford Explorer verde salía, el chofer se bajaba y le entregaba las llaves. Me metí en el asiento trasero y partimos. Mientras conducía, Daza dijo: “Dios me bendijo con este auto en diciembre pasado”. Parecía que un hombre le debía dinero y, como no pudo devolverlo, le había entregado el auto en su lugar. Era un modelo 2005, explicó Daza, y estaba bien, pero ahora quería el 2008 –idealmente, blanco. Por coincidencia, pasamos un Explorer blanco 2005 en medio del tráfico. Daza murmuró apreciativamente, admirando la brillante parrilla cromada en su espejo lateral. Más tarde, fuimos a una agencia Ford, donde había un Explorer 2012 en un salón iluminado. “Quién sabe cuánto cuesta –¡quizás medio millón de bolívares!”, exclamó.
En la vía rápida, Daza preguntó dónde estaba el hotel y pareció inseguro cuando le mencioné el distrito, Palos Grandes. ¿Había estado allí? Sí, por supuesto, respondió. Tuve que señalarle la salida, sin embargo, y darle indicaciones a partir de allí. Mientras nos acercábamos al hotel, pasando por edificios de departamentos con grandes entradas y restaurantes exclusivos, él y Gina miraban por las ventanillas maravillados. “Esta gente es realmente rica, ¿no?”, observó él. Frente a mi hotel, detuvo el auto en medio de la calle y se quedó mirando, transfigurado,  mientras los autos nos tocaban la bocina y nos eludían.
En muchas partes de la ciudad, sin embargo, no son los ricos sino los malandros quienes están en ascenso. Caracas está entre los lugares del mundo en que uno puede más fácilmente ser secuestrado. Ocurren miles de secuestros cada año. En noviembre de 2011, el cónsul chileno fue raptado por pistoleros, golpeado y baleado antes de que lo liberaran. Ese mismo mes, el cátcher de los Washington Nationals, Wilson Ramos, fue secuestrado en casa de sus padres, en Venezuela, y retenido durante dos días antes de ser rescatado. En abril, un diplomático de Costa Rica fue secuestrado. Al día siguiente, la policía cayó sobre la Torre de David en su busca, pero sólo encontró unas pocas armas.
En una cena en Caracas, escuchó a dos parejas intercambiarse historias sobre llamados telefónicos de criminales que aseguraban haber raptado a sus hijos. En ambos casos, las voces de niños que sonaban como los suyos se oían en el teléfono, llorando y suplicando ayuda. Los llamados eran falsos, realizados por estafadores, pero los episodios, junto con noticias cada vez más sangrientas, los habían dejado preocupados respecto del futuro. Uno de los crímenes de que más se hablaba cuando estuve en Caracas involucraba el asesinato de un taxista, que fue golpeado, cortado en la cara y baleado varias veces. Sus asesinos pisaron su cuerpo con su propio auto, sólo por divertirse, antes de escapar.

Daza nunca parecía abandonar la planta baja de la Torre y no parecía, tampoco, querer que yo lo hiciera. Cada vez que sugería subir, se tornaba elusivo, y ponía excusas cuando le pedía asistir a una sesión de los delegados de piso. Si exigía un pago a cada nuevo residente, como se decía, él no lo admitía. Pero parecía probable que estuviera ganando dinero con el edificio, probablemente con el garaje para autobuses. De algún modo, era capaz de pagar unos pocos lujos: vivía encima de su iglesia, pero tenía otro departamento en la ciudad; tenía hijos de varias relaciones previas y ellos podían visitarlo allí en forma segura.
En un par de ocasiones logré subir por la Torre para echar un vistazo. En el piso diez, miembros del escuadrón de seguridad del edificio invariablemente aparecían para exigirme que me identificara y les dijera adónde iba. Cuando mencionaba el nombre de Daza me permitían seguir, pero reaparecían cada pocos minutos para echarme un ojo. Los residentes de la Torre eran cuidadosos y decían poco mientras pasaban por allí. En las escaleras, muchos tenían cosas que cargar y se movían como alpinistas, con la expresión fija de gente que está atravesando una prueba de resistencia.
Los pasillos estaban dispuestos en ángulos para recibir luz de las ventanas de pared a pared que se hallaban a cada extremo del edificio, pero aun así eran oscuros. Sobre los pisos sin terminar la gente había edificado pequeños hogares con yeso y bloques de hormigón. Muchas mantenían abiertas las puertas para mejorar la circulación de aire así como por sociabilidad, y pude verlos ocupados en su vida cotidiana: cocinando, limpiando, cargando ollas de agua, duchándose. La música sonaba aquí y allá. Daza había montado una bomba de agua alimentada por un generador y cada piso tenía un tanque, pero la provisión de agua circulaba en forma imprevisible a través de caños y mangueras.
La Torre tenía varias bodegas, una peluquería y un par de improvisadas guarderías. En el noveno piso, visité una pequeña bodega donde Zaida Gómez, una mujer canosa y parlanchina de unos sesenta años vivía con su madre, que tenía noventa y cuatro. Me mostró el cubículo vecino a la tienda donde había ubicado a su madre, una mujer pequeña como un pájaro que dormía en un cama directamente contra las ventanas de vidrio. Gómez mantenía un ventilador prendido todo el tiempo porque la ventaja hacía que el cuarto ardiera como un horno.
Era una de las tempranas pioneras de la Torre y me contó que al principio las cosas habían sido terribles. La Torre estaba entonces gobernada por malandros, dijo, moviendo la cabeza; había golpizas, disparos, matanzas. Pero ahora podía dejar abierta la puerta de su tienda, algo que jamás había podido hacer en Petare, la villa miseria donde había vivido antes. Su tienda vendía de todo, desde jabón a gaseosas y verduras, y para traer las provisiones hacia la travesía de subir y bajar nueve pisos varias veces al día. Era cansador, dijo, pero no podía costear los mototaxis, que cobraban quince bolívares (unos ochenta centavos de dólar) por cada viaje. Tenía una hija que la ayudaba y un nieto.
Tenía miedo de que la obligaran a dejar la Torre. “Este edificio es demasiado caro para que gente como nosotros esté aquí”, dijo. Un día las autoridades querrían recuperarlo. Esperaba que el gobierno, que construía viviendas para los pobres en la cercana Avenida Libertador, se diera una vuelta por la Torre también y reubicara a todo el mundo. “Todo lo que quiero es mi propia casita y un trocito de tierra para cultivar –algo que pueda llamar mío”.
Albinson Linares, un reportero venezolano que ha escrito sobre la Torre, me definió a sus residentes como “refugiados de un Estado subdesarrollado viviendo en una estructura que pertenece al Primer Mundo”. Contiene una muestra completa de los trabajadores caraqueños: enfermeras, vigilantes, conductores de autobús, tenderos y estudiantes. También hay desocupados, y el círculo de ex convictos evangélicos de Daza. Cada piso tenía su propia sociología. Los inferiores estaban principalmente reservados para personas más ancianas, que no podían subir las escaleras. Algunos pisos eran dominados por la vida familiar y algunos estaban ocupados en su mayoría por jóvenes de aspecto duro. Un día, un fotógrafo con el que viajaba fue arrastrado al interior de un departamento por un par de hombres que lo interrogaron con sospecha. Cuando mencionó el nombre de Daza lo dejaron ir, aunque reticentemente. En la escalera de bajada, vimos graffiti que decían: “El Niño Sapo” (“El Niño es un delator”). Parecía que Daza tenía enemigos adentro de la Torre.
Parecía que alguna clase de conflicto era inevitable. Entre las tarifas de entrada, los abonos de mantenimiento y el alquiler del garaje había una buena cantidad de dinero a ganar como invasor. Una tarde, Daza me llevó a un restaurante calle arriba de la Torre, un lugar pequeño y caliente con una cocina abierta. Poco después de que nos sentáramos, tres hombres entraron y rodearon nuestra mesa en forma amenazadora, parándose detrás de nuestras sillas. Daza arqueó las cejas y dejó de hablar hasta unos minutos después de que los hombres salieran y se parasen en la esquina. Más tarde, me dijo que los hombres se ganaban la vida organizando invasiones. “Son profesionales”, indicó. “Es a lo que se dedican”. Le pregunté si eran enemigos. Dijo que no, no exactamente, y luego murmuró que había poca gente en la vida en la que uno podía confiar.

A media hora en auto de la Torre había otra invasión, El Milagro. Había sido fundada varios años atrás por José Argenis, un ex convicto convertido en pastor que se había unido a otros ex presos y sus famiias para invadir un trozo de la ribera del río fuera de Caracas. Era una zona de malezas y basura, pero estaba en una buena ubicación: justo a un lado de la carretera principal, junto a una estación de autobús y cerca de un estrecho puente que permitía a los residentes cruzar el río a pie o en motocicleta. El Milagro era ya una comunidad de unas diez mil personas y seguía creciendo.
Argenis, un carismático hombre negro con una voz de trueno, manejaba en El Milagro un hogar para ex convictos que venían a él por ayuda para hacer la transición al mundo exterior. Las prisiones de Venezuela bien pueden estar entre las peores de América Latina. Las treinta instalaciones del país fueron diseñadas para albergar a unos quince mil convictos, pero contienen tres veces más. Las drogas se compran y venden abiertamente, y los prisioneros tienen acceso a armas automáticas y granadas. En muchas prisiones los guardias han cedido el control a pandillas armadas manejadas por líderes llamados pranes –nombre elegido por el sonido, pran, que hace un machete cuando golpea el cemento. Los pranes lideran una creciente comunidad criminal, tanto adentro como afuera de las prisiones: con una policía y una justicia flagrantemente corruptas e ineficientes, proveen una estructura donde no la hay.
Los pranes habían ganado suficiente poder como para tratar directamente con el gobierno. Argenis trabajaba como consejero para Iris Varela, la recientemente designada ministra de prisiones de Chávez, a quien estaba ayudando a negociar con los pranes. Era un trabajo honorario “por ahora”, explicó, pero era de su interés hacerlo: esperaba que su hogar transitorio recibiera financiamiento oficial y poder construir otras similares en el resto de Venezuela.
Argenis había pasado nueve años preso por homicidio, razón por la que había llegado a conocer a Daza. Después de la cárcel habían permanecido en contacto. “Cuando tomaron la torre, El Niño todavía estaba involucrado en ese mundo, el submundo”, indicó. “Y había quienes querían desorden, pero él impuso orden –al viejo estilo”. Me miró con intención. En un punto, Daza había recurrido a él. “Vino aquí por seis meses. Todavía estaba oficialmente en la Torre como líder, pero permaneció aquí”. Según lo contaba Argenis, Daza había “salido de prisión con problemas. Había gente que quería matarlo y nosotros lo protegimos”. Dejó abierta la posibilidad de que Daza regresara a la vida criminal. “Creo que ha colgado los guantes”, dijo Argenis, y sonrió, amargo. “Pero podría siempre caer de nuevo en la tentación, porque tenemos que atender nuestras necesidades, ¿sabe?”.
Argentins también tenía enemigos. “Maté hombres. Dejé a otros en sillas de ruedas. Dejé a algunos hombres estériles. Imagínese –me van a odiar por toda su vida”. Cuando le pregunté cómo se había vuelto tan dominante la cultura de los malandros, dijo que se debía a las prisiones. Los que estaban adentro no intentaban ya escapar, explicó, porque “tienen todo lo que necesitan allí y viven tan bien o mejor que lo harían en las calles”. La economía de la prisión estaba en un boom, con miles de millones de bolívares generados por el control del negocio de las drogas. “Las prisiones son realmente fuertes, y se han vuelto mucho más fuertes en los últimos siete u ocho años”.
Argenis cumplió su condena en una prisión llamada Yare, situada en medio de las colinas cubiertas de malezas, una hora al sur de Caracas. En 2001 estuve allí y un guardia de la prisión me condujo por un camino de tierra alrededor del perímetro enrejado. Nos detuvimos y vi dos altos pabellones con cantidad de agujeros de bala en las fachadas; en lugar de ventanas había huecos dentados y un enorme grupo de hombres sin camisa y de aspecto duro nos miraban por ellas. Una gruesa y negra línea de excremento humano bajaba por un muro exterior y en el patio, debajo, había un mar de inmundicia y basura de varios pies de profundidad. “No podemos demorarnos aquí”, dijo el guardia. “Si permanecemos demasiado, podrían dispararnos”. Mientras nos alejábamos, me explicó que sólo había seis guardias por turno adentro de la prisión. Los prisioneros permitían que un guardia escogido se acercara a una puerta para recuperar los cadáveres que dejaban allí.
Chávez estuvo preso en Yare durante dos años después de su intento de golpe. Aunque fue mantenido dentro de un área segura reservada a prisioneros políticos, en un punto, según relatos, escuchó impotente como otro prisionero era violado por una banda, recibía un tajo en la garganta y luego era acuchillado hasta la muerte. En 1994, Chávez fue amnistiado y a principios de su presidencia prometió ayudar a reformar el sistema de prisiones. Pero, a medida que nuevas crisis y causas surgían, las prisiones fueron olvidadas; de las 24 que prometió construir, sólo se hicieron cuatro. El año anterior hubo más de 500 muertes violentas en las cárceles. En agosto, dos pandillas de Yare se enfrentaron en un tiroteo de cuatro horas que resultó en la muerte de 25 presos y un visitante. Fotografías de Geomar y El Trompiz, los dos jefes de las pandillas responsables de la masacre, los mostraban posando desafiantes con sus armas. El Trompiz fue asesinado en enero (de 2013), aparentemente por sus propios hombres.
Después de que Chávez fuera reelegido, declaró un estado de emergencia en el sistema penitenciario y prometió una transformación completa. Sin embargo, sugirió Argenis, el daño ya estaba hecho. “Este gobierno ha sido más permisivo –gobiernos anteriores eran más represivos”, apuntó. “Y de ese modo la cultura malandra ha florecido, y ha pasado de las prisiones a las escuelas, a las universidades, a las calles. Se ha convertido en la cultura nacional”.

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La primera cosa que ve un visitante que llega del aeropuerto internacional de Caracas es una villa miseria, quizás la más famosa de la ciudad: la 23 de enero. “El 23”, como se la conoce, fue construido en los ’50 como un proyecto de vivienda pública de uno de los más grandes arquitectos de Venezuela, Carlos Raúl Villanueva. Complejo de ochenta edificios, ocupa un enorme terreno lomado en la entrada norte de la ciudad. Fue concebido como un vasto suburbio, dividido toscamente entre edificios de departamentos de cuatro pisos y otros de quince, enlazados por jardines y senderos.
Hoy, los espacios verdes han sido sobrepasados por los invasores. El 23 es, de hecho, una villa miseria de cien mil personas, salpicada con los edificios de Villanueva. La zona es un mosaico volátil de grupos que se autogobiernan y que van de aquellos con pretensiones izquierdistas a otros puramente criminales. Muchos están armados.
Una de las figuras emblemáticas del 23 era Lina Ron, una activista con pelo rubio oxigenado y modos ampulosos.  Antes de que muriera, el año pasado, de un ataque cardíaco, lideraba protestas antimperialistas, acontecimientos ruidosos que a veces se volvían violentos. Chávez la toleraba y a sus revoltosos seguidores porque era una apasionada sostén de sus políticas, y a mendo aparecía a su lado en los actos. En 2001, Chávez me sugirió que se había abrazado a la extrema izquierda como un modo de prevenir un golpe como el que lo había llevado al poder. “La verdad es que necesitamos una revolución aquí, y si no la logramos ahora vendrá después, con otra cara”, dijo. “Quizás de la misma manera en que llegamos nosotros, a medianoche, con pistolas”.
En estos días no hay probablemente un chavista tan abiertamente radical como Juan
Barreto. Profesor de cincuenta años de la Universidad Central, Barreto es un marxista locuaz, brillante y rotundo. Fue alcalde mayor de Caracas, supervisando todos los distritos de la ciudad, entre 2004 y 2008, cuando muchas de las invasiones –incluyendo la de la Torre de David—ocurrieron. A principios de 2008 pasé algún tiempo con él, y era claro que era visto por algunos okupas del centro como su protector (Barreto ha dicho siempre que no apoyaba invasiones, sino que aprobaba la expropiación de propiedades urbanas sin utilizar para ayudar a resolver la crisis de la vivienda). En una movida típica, Barreto había enfurecido a los ricos de la ciudad al amenazar con confiscar en nombre del pueblo el Country Club de Caracas, donde villas palaciegas y jardines rodean un campo de golf de dieciocho hoyos. Al final, el plan fue abandonado, aparentemente por orden de Chávez.

La locuacidad de Barreto le ha ganado muchos enemigos, e incluso chavistas menos extremos lo ven como una bala perdida, inclinado a boconear en público cosas sobre “armar al pueblo” para defender la revolución. Como alcalde, claramente amaba ser el enfant terrible de la revolución de Chávez. Organizó un escuadrón de motorizados –guardaespaldas en motocicletas—para que viajaran con él. En su entourage había un ex sicario adolescente llamado Cristian, a quien estaba rehabilitando. Me lo presentó preguntándole: “Cristian, ¿a cuántas personas has matado?”. El chico murmuró: “A unas sesenta, creo”, y Barreto echó una carcajada, deleitado.
Una vez que dejó el cargo, entró en un limbo político, pero el año pasado, durante la campaña de reelección de Chávez, devolvió el favor. A la cabeza de un grupo informal de colectivos radicales con base en las villas, formó una nueva organización llamada redes que se unió a la campaña. Caracas fue empapelada con carteles de Redes mostrando a Chávez, hinchado por el tratamiento con esteroides, abrazando a un todavía más corpulento Barreto.
Encontré a Barreto viviendo en un polvoriento barrio de Caracas llamado el Cementerio, por el gran cementerio que hay allí, donde los malandros realizan rituales por sus camaradas caídos. Villas miserias cubren las colinas cercanas. La casa de Barreto tiene adelante una enorme puerta doble de hierro y un par de hombres de seguridad armados y con perros alsacianos dan vueltas alrededor. Una vez que me identificaron, me indicaron que entrara por una entrada para automóviles, donde había estacionados dos cuatro por cuatro blindadas. Adentro había un atrio lleno de arte moderno y esculturas, junto a un gran acuario. Barreto se hallaba arriba, en una cocina de última generación, cocinando tamales. Junto a la cocina había un living en que un grupo de jóvenes, miembros de su entorno, se hallaban sentados en una mesa con laptops. El cuarto estaba decorado con pinturas eróticas de Barreto –una mujer con los pechos descubiertos y la mano de un hombre echando una frutilla en su boca—y una botella de Johnnie Walker Platinum (“un regalo de un amigo”) y una imagen de Brando como Don Corleone.
Barreto explicó que él y sus compañeros estaban trabajando para convertir Redes en un partido político. Chávez había estado promocionando recientemente un plan para el “Socialismo del siglo XXI” en el que la sociedad venezolana sería restructurada en comunas. Nadie entendía exactamente qué significaba el término o cómo sería aplicado, excepto quizás el propio Chávez, y se había suscitado un acalorado debate. Barreto dijo que él y sus seguidores estaban preocupados por que, sin la presión de grupos como Redes, el plan sería utilizado para “meter en una camisa de fuerza” a las auténticas fuerzas revolucionarias.
Para contribuir a crear una auténtica comuna, Barreto estaba trabajando estrechamente con Alexis Vive, uno de los más organizados de los colectivos armados de El 23. Sugirió que fuéramos a verlos. Mientras montábamos en uno de sus vehículos utilitarios –que Barreto dijo que Chávez le había prestado–, un guardaespaldas desenfundó una pequeña ametralladora, una P90 belga. “Hermosa, ¿no”, comentó Barreto, sonriente. “Dispara 57 balas”. Afirmó que armas como esa eran necesarias para defenderse. “No es que estamos contra el gobierno. Es que no puedo hallar el modo de apoyarlo totalmente”. Rió. “Es como cuando tienes una hermosa mujer pero ya no estás enamorado de ella. Es difícil. Todavía la deseas, pero no la quieres, ¿entiendes?”.
En el cuartel general del Colectivo Alexis Vive había murales de Marx, Mao, Castro y el Che Guevara, pero, más allá de unos pocos hombres armados que se demoraban en los bordes de algunos edificios cercanos, los militantes se mantenían discretamente fuera de la vista. Uno de los líderes del grupo, un joven estudiante de sociología llamado Salvador, explicó que el colectivo controlaba unos cincuenta acres con unos diez mil habitantes, a los que intentaban integrar como un colectivo marxista autosuficiente. El grupo estaba armado para la autodefensa, indicó. Policías corruptos y miembros de la guardia nacional venezolana trabajaban con grupos de malandros en El 23, algunos en zonas que bordeaban su territorio. Barreto argumentó que el contingente armado estaba protegiendo a su gente contra funcionarios malvados. “No han sido capaces de venir aquí desde 2008”, dijo riendo. “Nos hemos tiroteado con ellos”.
La corrupción de las fuerzas de seguridad era un problema de raíces profundas, me indicó Barreto –la verdadera fuente de la cultura criminal del país. La había combatido cuando era alcalde, dijo, reemplazando a buena parte de la fuerza policial con miembros de los Tupamaros, un grupo armado de El 23. La situación, declaró Salvador, brotaba de la incapacidad de Chávez para enfrentar a los verdaderos criminales: “Chávez no ha ido contra los malandros porque cree que pueden ir contra él”.

Un domingo se colocaron cincuenta sillas de plástico para el servicio de la iglesia de Daza, pero sólo apareció una decena de personas, casi todas mujeres y niños. Daza parecía imperturbable. Vestía corbata y pantalones y zapatos negros, y probaba el micrófono cantando “Gloria” y “Alleluya” mientras un par de hombres se afanaban con el equipo musical –un conjunto de tambores, órgano eléctrico y enormes parlantes. Llegaron unas pocas mujeres más y se arrodillaron a rezar antes de unirse a la congregación. La compañera de Daza, Gina, llegó con sus hijos, y sacó una Biblia envuelta en una cubierta de rosa furioso.
Mientras los músicos tocaban, Daza cantó desde un costado del escenario, mal pero sin aprensión alguna, y golpeó un bongó. Eventualmente tomó el micrófono y comenzó a gritar en forma rítmica y en gruñidos sobre el bien y el mal. Dijo: “hay guerras en el mundo en las que a la gente no le importa si los niños mueren, si las mujeres mueren, si los viejos mueren –lo único que les importa son las riquezas. Pero en la Biblia se dice que hay solo una vida y es esta vida –el Señor conoce la vida Eterna, pero solo él—y entonces debemos vivir esta. Tenemos que vivir esta vida y ser buenos con Dios”.
El servicio prosiguió durante tres horas. Las mujeres se balanceaban sobre sus pies con los ojos cerrados. La voz de Daza se convirtió en una hipnótica muralla de sonido. En un punto, un joven predicador invitado, llamado Juna Miguel, subió para dar testimonio. Era de un barrio pobre, dijo, el hijo de un padre loco. Había estado en prisión y su casa había sido arrasada por las inundaciones de 2010; vivía con miles de otros damnificados en el shopping center que Chávez había expropiado. “Hemos tenido vidas duras, pero Dios nos ha llamado a predicar su palabra”. Con los ojos brillantes dijo a Daza: “Dios te ha elegido y me ha elegido. Dios ha elegido a Venezuela para llevar el Evangelio al mundo”.
Un día, Daza me condujo hasta el cercano Estado de Mirando para ver la villa miseria en la que había vivido con su ex mujer y donde todavía vivía esta. Por el camino, habló, como siempre, sobre cómo Dios lo había salvado. Había abandonado la escuela cuando tenía trece años, y para los catorce estaba en la vida criminal. Durante su segunda estadía en prisión había aprendido a leer y la Biblia fue su primer libro. “Yo no he tenido preparación, como en una universidad, pero me he preparado mucho sobre Dios. Solía hablar a la gente de forma ofensiva, con malas palabras. Me salía la inmundicia. Pero leí en alguna parte de la Biblia –no puedo recordar dónde—que el lenguaje malo corrompe las buenas costumbres. Y cuando leí eso dije ‘Ay, Dios me está hablando’”.
Llegamos a una pequeña casa de hormigón sobre la columna vertebral de una empinada colina: miraba a otras colinas boscosas, que habían sido cortadas por nuevas invasiones. La hija de Daza con su ex mujer estaba allí, una joven y rellena mujer de unos veinte años. Parecía feliz de ver a Daza. Nos sentamos en un minúsculo living y Daza comenzó a recordar su vida con su madre. Aunque todavía era un criminal por entonces, su relación había sido formativa para él. Ella era más grande, y sentía que lo había ayudado a moldearse como hombre. También lo había malcriado, dijo riendo –cocinando y limpiando para él, y planchando su ropa.
Daza había huido con otras mujeres –“solía cambiar de novias como se cambia de ropa”, me había dicho—y  las embarazaba. Él y su ex mujer habían peleado mucho. Parándose, revivió una pelea particularmente dramática en la que él la apresó contra la pared, extrajo su pistola y disparó justo junto a su cabeza. “Era sólo para asustarla”, dijo, sonriendo. Pero ella tenía un cuchillo y cuando él disparó –“quizás ella pensó que realmente iba a dispararle, o quizás fue sólo su reacción instintiva”—se lo clavó en el pecho. Él tambaleó fuera de la casa y consiguió llegar a una clínica. Fue afortunado: el cuchillo había errado al corazón y a otros órganos vitales. La joven asentía y reía ante el recuerdo. “Después, nos juntamos de nuevo”, dijo Daza.
En el auto, le pregunté si se arrepentía de algo.
“No”, respondió.
“¿Y qué hay de los hombres que mataste?”
“¿Como cuál?”
“Como ese malandro que mataste cuando tenías quince años”.
Se quedó en silencio. Después de un minuto, dijo: “Era ignorante, y estoy transformado. Me siento como un  hombre nuevo, una persona nueva. Esas fueron cosas que uno vivió en la vida y que, bueno, Dios permitió, pero ahora creo que soy diferente”.
Quedó en silencio de nuevo, y luego dijo: “En esta vida, cuando te conviertes en líder, tu vida se pone en riesgo, porque adquieres enemigos. A veces la gente cree que estás involucrado en la mafia y cosas extrañas por tu pasado. Los enemigos siempre tratarán de desacreditarte. El Diablo tratará de que permanezcas miserable para utilizarlo en su beneficio”.
Al final, era difícil decir si El Niño Daza era un malandro o un genuino defensor de los pobres, o ambos. Lo que parecía claro era que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez, capaz de sacar ventaja por todos los medios: aprovechando los huecos dejados por el gobierno, montando una empresa capitalista y negociando con el submundo criminal cuando era necesario. Mientras dejábamos su viejo barrio, la calle estaba abarrotada por un acto político. Henrique Capriles, que había competido contra Chávez en la elección presidencial, era gobernador de Miranda y las elecciones del Estado se celebrarían en semanas. Voluntarios de la campaña en una camioneta repartían cervezas y pósters. Daza se encogió de hombros. Esperaba que ganara el candidato chavista.
Comentó que estaba pensando en meterse en política. Como líder de la Torre de David había llegado a conocer a algunos funcionarios de la ciudad, incluyendo a alguna de la gente de Chávez, y ellos lo habían instado a que considerara presentarse a un cargo de concejal. Con los cambios propuestos por el gobierno y la creación de las comunas, esperaba que la Torre de David pudiera adquirir un estatus legal. Había comenzado a hacer sondeos en el edificio. “La gente dice que debería presentarme, y que tengo una buena chance”, dijo. “Así que lo estoy pensando”.

En el centro de Caracas, a una milla de la Torre de David, un espléndido y nuevo mausoleo está casi terminado. Chávez ordenó hace dos años que fuera construido para proveer nuevo lugar de descanso a los huesos de Simón Bolívar. Previamente había hecho desenterrar y examinar sus restos, en la creencia de que había sido envenenado por sus enemigos, pero la autopsia no llegó a conclusión alguna. Después, pidió una nueva tumba.
El edificio es una esbelta y blanca cuña que se alza, como una vela de barco, unos ciento setenta pies hacia el cielo. Ha costado, según se dijo, unos ciento cincuenta millones de dólares y, como todo lo que Chávez ha hecho, es polémico. La construcción era un secreto y el mausoleo, cuya inauguración estaba programada para el 17 de diciembre (de 2012); después de varias postergaciones, todavía está por inaugurarse. Cuando esté completo, se convertirá en la pieza central de un decaído rincón de la ciudad, junto a una vieja fortaleza militar en la que Chávez fue mantenido prisionero brevemente después de su intento de golpe, y del Panteón nacional, una iglesia del siglo XIX en la que los retos de Bolívar son vigilados por guardias de ornados uniformes. Hay persistentes rumores de que cuando Chávez muera será enterrado en el mausoleo junto a Bolívar.
Chávez y sus seguidores, por supuesto, esperan que su lucha no yazca con él. En 2001, Chávez me dijo que era su ferviente deseo realizar una “verdadera revolución” en Venezuela. Pocos años después, sin embargo, su antiguo mentor, Jorge Giordani, parecía preocupado porque su protegido no estaba edificando para una revolución duradera. “Yo también soy un quijote”, dijo. “Pero hay que tener plantados los pies firmemente en el suelo. Si todavía tenemos petróleo tendremos un país de verdad en veinte años, pero tenemos mucho que hacer hasta entonces”. Hizo una pausa y recitó un refrán venezolano: “Muerto el perro, se acabó la rabia”.
Ahora, mientras Chávez yace en agonía, hombres que se dicen chavistas transmiten sus presuntos deseos a los ciudadanos. En los meses pasados, los venezolanos han tenido poca información confiable sobre sus intenciones o su verdadero estado de salud, y por tanto, poco por decir sobre su propio futuro. Para ellos, la muerte de Chávez representa el fin de una larga y deslumbrante actuación. Le dieron el poder en una elección tras otra; son las víctimas de su afecto por un hombre carismático, a quien han permitido convertirse en personaje central del escenario venezolano a expensas de todo lo demás. Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin respuesta y una sola certeza: la revolución que intentaba llevar a cabo nunca tuvo realmente lugar. Comenzó con Chávez y con él, probablemente, acabará.

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