El kirchnerismo les quitó a los DDHH algo del amplio consenso social que tenían”

Marcelo Larraquy. “El kirchnerismo les quitó a los DDHH algo del amplio consenso social que tenían”
Carolina Arenes
LA NACION
La Nación
4 agosto 2013

Una cosa es bajar el cuadro de Videla y otra es develar los secretos de la corporación militar La sociedad no construyó aún un consenso sobre los años 70 La visión romántica del setentismo es insuficiente. 
Marcelo Larraquy no tiene inconvenientes en reconocerle al kirchnerismo un aporte fundamental en materia de derechos humanos: los juicios a los represores marcan, para él, la medida de ese compromiso. Pero tampoco tiene ningún empacho en desnudar la utilización política que el oficialismo hace de ese tema, y más delicado todavía, la moral de doble estándar con la que juzga acciones y omisiones de los distintos actores de aquella época, según convenga a sus necesidades coyunturales. “El caso César Milani muestra la contradicción del kirchnerismo –dice Larraquy–. Estos vaivenes en relación a los derechos humanos, que ya se habían advertido con el sindicalista Gerardo Martínez, de probada participación en el Batallón de Inteligencia 601 como agente civil –y que suele ser tratado con afecto en público por la Presidenta– generan la impresión de que el Gobierno es riguroso «a veces» con aquellos que estuvieron comprometidos en la represión ilegal.”
Periodista de investigación, graduado en historia en la UBA, Larraquy viene frecuentando el pasado argentino, de un modo u otro, a lo largo de todos sus libros. Desde las biografías de Galimberti y López Rega hasta la historia de la contraofensiva montonera, que tan bien retrató en
Fuimos soldados, sus libros reconstruyen con precisión el funcionamiento de la vida política nacional, con sus vicios y sus esplendores. Los
70. Una historia violenta (Aguilar) es la última parte de la trilogía Marca
dos a fuego en la que el autor puso la lupa sobre la violencia política, para mostrar hasta qué punto el triunfo de la fuerza sobre la razón no estuvo acotado a una década, la del 70, sino que formó parte del nacimiento de la nación y de su vida democrática.
“Si uno hace el repaso de cómo se fundaron los partidos, cómo se desarrolló la formación del Estado o cómo fue históricamente la intervención militar en la política a través de los golpes de Estado, entiende que la pulsión violenta estuvo siempre”, dice. Eso no quita, claro, que nuestros años de plomo hayan marcado un punto de inflexión, un paroxismo de venganzas sin fin que convirtieron a ese tiempo, como él dice, en “la década más trágica del siglo XX en la Argentina”.
Las denuncias contra César Milani –que ponen en duda su nombramiento como jefe del Ejército– por su participación en la desaparición de un conscripto durante la dictadura; la fuga de dos condenados por la represión ilegal; la carta de un director teatral a Estela de Carlotto pidiéndole que no confunda la defensa de los derechos humanos con la puja política y electoral; la carta de lectores en la que Ana Lambruschini pide una oración en memoria de su hermana Paula, asesinada por una bomba de Montoneros hace 35 años. Si alguien quería creer que las heridas de los años 70 podrían empezar a suturarse, bastan las últimas tres semanas para demostrar hasta qué punto esa década mantiene intacto su poder de fuego.
–Como estudioso de los años 70, ¿por qué cree que todavía tienen tanta capacidad de daño político en el presente?
–La década del 70 fue la más trágica del siglo XX en la Argentina, pero también la más poderosa y rica históricamente por sus matices y la naturaleza de sus conflictos. Hubo dos protagonistas centrales: el peronismo –con todas su facetas, incluidas Triple A y Montoneros– y las Fuerzas Armadas, con su objetivo de depuración ideológica y orden que condujo al terrorismo de Estado. La herencia de ese proceso no fue saldada y la sociedad todavía no construyó un consenso histórico sobre qué sucedió y por qué. Hay una idea general, un trazo grueso, pero los años 70 no son un “caso cerrado”. Entonces, los fulgores de aquella época se replican en el presente político con Milani, con Rucci, o con las revelaciones en los juicios a los militares. Fue una década trágica y poderosa. Y no fue gratis.
–¿Cómo analiza la política del kirchnerismo en estos temas?
–En el caso Milani se observa la contradicción entre una política sin concesiones del kirchnerismo, incluso hacia militares que estaban “bajo sospecha” de haber tenido algún tipo de participación en la dictadura, en algunos casos por algún vínculo filial, hacia una defensa a rajatabla desde el Poder Ejecutivo para ascender de grado a un general sospechado de haber actuado en delitos de lesa humanidad. Se postergó el tratamiento [de su ascenso] sólo para que no destiña la campaña electoral oficialista. Estos vaivenes en relación a los derechos humanos, que ya se habían advertido con el sindicalista Gerardo Martínez, de probada participación en el Batallón de Inteligencia 601 como agente civil –que suele ser tratado con afecto en público por la Presidenta–, generan la impresión de que el gobierno es riguroso “a veces” con aquellos que estuvieron comprometidos en la represión ilegal.
–¿Cuál considera el aporte más novedoso de este último libro?
–En el capítulo 10, “País clandestino”, presento el panorama de la represión en los centros clandestinos de detención y eso me gustó mucho porque usé toda la nueva bibliografía jurídica que no está explotada, la de los juicios que se están realizando, que no había sido usado hasta el momento. Con esos documentos, yo “entré al sótano” de la ESMA; pude contar desde ahí, cómo eran los grupos operativos en detalle, la burocracia interna, la lógica de funcionamiento. Eso es un aporte nuevo. En el capítulo 7, “La máquina de matar”, cuento cómo funcionaban las estructuras de inteligencia. Todo ese material es nuevo, son documentos de origen judicial que tuvieron que presentar en los juicios, y eso, aunque es público, no se conocía. Y a mí me parece fundamental.
–Tras la muerte de Videla, se habló mucho sobre la información que se pierde para siempre con la muerte de los principales
responsables de la represión. El libro da cuenta de una organización muy escrupulosa en el sistema represivo, ¿puede haber desaparecido toda esa información?
–No creo. Puede ser que haya documentación que no se conoce. De hecho, el legajo de Gerardo Martínez como agente civil del Batallón 601 está microfilmado, lo tiene la Justicia y la causa está abierta. Si está el legajo de Gerardo Martínez, también estaban todos los otros. Yo creo que los legajos internos de los servicios de inteligencia están, aunque dónde están es difícil saberlo. Incluso un gobierno civil protege eso, porque es el núcleo duro de la década del 70. En la Argentina los archivos no se abrieron. La historia se reconstruyó a través de las víctimas que dieron su testimonio, pero los militares no hablaron, apenas dieron su fundamento ideológico de la represión.
–¿Y por qué cree que no se abrieron esos archivos? Hubo gobiernos de distinto signo político, incluso un gobierno como éste, que hizo del tema una bandera propia.
–Es que eso genera también internamente… Me parece que se puede bajar el cuadro de Videla, cuando ya Videla era un símbolo sin ningún peso político, pero después toda la información… no se hizo pública. Son temas muy delicados, incluso para este gobierno, en su relación con las FF.AA. Los decretos secretos de la dictadura tampoco se abrieron, se están abriendo parcialmente, y van 10 años de gobierno. Una cosa es bajar el cuadro de Videla y otra cosa es entrarle a la corporación militar a develarle todos sus secretos.
–Pese a todo lo que hoy no funciona bien, al leer Los 70, con su registro de asesinatos y venganzas, uno piensa que algo aprendimos como sociedad en estos 40 años.
–Yo creo que hoy la violencia institucional es marginal; existe obviamente en ciertas estructuras, pero es marginal en términos de enfrentamiento político. Es un país totalmente diferente, hay problemas de discurso, de exacerbación, de división y a veces de enfrentamiento, pero es otra cosa. Y me parece que en ese desarrollo democrático fueron muy importantes Alfonsín, aun con sus límites, y el kirchnerismo, aun con su exceso y su oportunismo, en la decisión de juzgar a los responsables de la represión clandestina. Hay bastante consenso sobre cuestiones clave de los 70: que el Estado no puede ser clandestino; creo que hasta el más anti K puede estar en desacuerdo respecto de la sobreactuación del kirchnerismo con respecto a los juicios de lesa humanidad, pero los juicios en sí me parece que tienen consenso en la sociedad. Y también hay consenso en el hecho de que el actor militar ya dejó de participar en política, y que eso está bien. Tal vez este gobierno, al usar tanto esas decisiones políticas como bandera, le quitó al tema un poco del amplio consenso social que tenía. Lo politizó. Y entonces, la figura de Carlotto, por ejemplo, que era un símbolo para toda la sociedad, ahora ya queda en un sector. Más allá del respeto a su lucha, ya no es la representante de toda una sociedad.
–En los últimos años, hubo testimonios de ex combatientes e intelectuales –desde Jouvet y Del Barco en los debates de La intemperie hasta las últimas reflexiones de Héctor Leis– que abren una línea de reflexión autocrítica, antes sofocada por la abrumadora evidencia de la represión ilegal. ¿Qué piensa de eso?
–Está bien, si se entiende que el mal no fue simétrico. Cuando se arrasa con todo un sistema político para eliminar al insurgente, eso no es lo mismo. Yo no fui parte, yo soy historiador, lo que puedo hacer es un análisis, pero allí están hablando los que participaron. Lo del mal simétrico es un punto límite, el mal no es simétrico entre guerrilla y Estado. Sí que la militarización de Montoneros condujo a un proceso de violencia acelerado, eso está en los hechos, que fue destructivo para la propia organización y dentro de la lucha interna, fue destructivo hacia el interior del peronismo. Lo que no comparto es la idea del perdón, perdonar a quien no se arrepintió ni se va a arrepentir nunca a mí me parece que no tiene ningún sentido. Soy más de la idea de la Justicia, de un Estado de Derecho, y de los juicios, que ya terminarán en unos años.
–Usted dice en el prólogo que el relato actual de la violencia política sigue siendo insuficiente…
–(Toma el libro, busca el fragmento y completa la cita): “Si se aborda desde una militancia de carácter casi angélico, romántica, que alza sus banderas por un mundo mejor y se excluye de su centralidad el compromiso revolucionario que también involucraba la posibilidad de morir y matar”. Es que ésta es para mí la clave de los 70; el setentismo real es el del 76, después del golpe.
–¿Por qué?
–Yo desconfío del setentismo de las banderas. A mí me interesó estudiar el de los que combatieron, los que estaban en columnas organizados y empezaban a sufrir la represión día a día; iban cayendo todos, reunión tras reunión. Ése es el setentismo que yo más respeté en términos históricos, no porque no respetara en términos personales lo otro, sino que eso fue lo que más me interesó reconstruir y entender cómo funcionaba. La visión romántica que hoy se tiene del setentismo es insuficiente. Le falta realismo. Y eso tiene este libro: la violencia de la época, más que el romanticismo de la época, porque el romanticismo no fue importante. Pero yo quería ir a los hechos, los hechos contados en una sucesión que deja al desnudo la historia.
–El relato de los hechos absteniéndose de dar una interpretación.
–Y sí, porque no se conocen bien los hechos, se habla mucho pero se desconoce casi todo. No me gustan las historias sesgadas, sino abiertas, con nuevas ideas y nuevas perspectivas.ß

Copyright © 2012 SA LA NACION | Todos los derechos reservados.

Entradas populares de este blog

linea de tiempo con los hechos más importantes de la historia de Argentina