Historias con nombre y apellido / Osvaldo Raffo

Los secretos del samurái que trabajaba en la morgue



-Robledo, ¿a cuántos mataste?
-Hmmm, qué sé yo. Como a 30.
Osvaldo Raffo no pudo sostenerle la mirada azul y desangelada. Sabía que el muchacho, de poco más de 20 años, no mentía, pero era escalofriante escucharlo de su boca, sin un atisbo de arrepentimiento y con esa abyecta mueca colgada de sus labios gruesos, como si fuera una baba que pretendía ser una sonrisa.
En el cuarto del servicio médico de la policía de San Martín, en la provincia de Buenos Aires, la parca parecía estar de fiesta, excitada, voluptuosa; flotaba muerte en el aire de ese atardecer aciago de abril de principios de los años 70.
Carlos Eduardo Robledo Puch se reía, tensaba al máximo el hilo invisible y lábil que va del interrogador al interrogado. Hilo que, sabía, se estaba por cortar. Entonces, Raffo, que tenía 46 años, era médico de la Unidad Regional San Martín y creía haberlo visto todo en su carrera como forense, se fue a su casa. Ya tenía la confesión, pero sentía que el asesino, ese psicópata, se había llevado para siempre una parte de su alma. Llegó, e hizo lo que más le gustaba y tranquilizaba: se puso el traje de judoca, levantó el sable con destreza y comenzó con la rutina del kendo, un arte marcial japonés que practican los samuráis.
Muchos años después, otra persona le arrancaría más retazos de su alma de samurái aparentemente inmutable: René Favaloro, la noche del 29 de julio de 2000, cuando debió abrir y revisar su cadáver para dar fe de que, efectivamente, se había disparado un tiro en el corazón porque ya no quería vivir. Hizo lo mismo. Salió de la morgue judicial porteña casi llorando, se subió al remís que lo esperaba, y se fue a su casa para hacer algunas figuras con uno de los muchos sables japoneses que aún atesora.
No sabía, confiesa ahora, si estaba en sus cabales: al salir de su lugar de trabajo había visto, entre la lluvia y por la ventanilla empañada del auto, a una pareja extraña, al Zorro del brazo de María Antonieta, los dos con antifaces, caminando por la calle. Pocas horas después se enteraría de que era gente que iba a asistir a una fiesta de disfraces frente a la morgue.
Pero él, luego de haber visto y pesado el cerebro del "Maestro René", de hurgar en sus vísceras, de verle la cara de asombro y los ojos muertos, de escuchar contar por quiénes había entrado en el baño donde se disparó, de saber de la enorme cantidad de cartas que el médico del corazón había colgado en las paredes para que todos la vieran y no se perdieran, pensó que la razón lo había abandonado definitivamente y se había ido con la corriente que arrastraba la lluvia de esa madrugada tan porteña.
* * *
Osvaldo Raffo nos convida café. Y masitas exquisitas. Miguel Majdalani, uno de sus amigos más entrañables, discípulo, forense como él y a quien llama "maestro", lo mira con veneración y lo ayuda en las anécdotas. El fotógrafo de LA NACION lo contempla, calcula cómo puede retratar al hombre, mientras esta cronista toma nota de todo, menos de la encubierta congoja del médico, que aflora un minuto después cuando, sin vergüenza, confiesa: "Siempre me costó mucho hacer autopsias de chicos, sobre todo cuando vienen violados y estrangulados; me destroza".
Y comienza a contar. "Nací en Parque de los Patricios en 1930, mi abuelo era genovés, un tipo muy humilde, y en ese barrio, por entonces, había mataderos. Mi padre fue matarife; por ahí, yo saqué la vocación de tanatólogo de ver tantas vacas muertas."
Se ríe, toca el brazo de la cronista, y sigue: "Como era petiso y delgadito, me volqué a las artes marciales, al judo, y tuve como maestro a Mat Subara. Yo siempre digo que mi padre me dio la vida y mi maestro Subara me hizo hombre. Y, en el fondo, creo que ser forense y judoca es lo mismo: hay que tener honor, ser un bambú, no enfrentar al viento, sino dejarte mecer. Si encarás al enemigo vas a perder, pero si te mecés, va a llegar el momento justo para vértelas con el contrincante: eso se llama técnica de anticipación".
La casa de Raffo es una especie de museo en el que atesora medallas, sables, armas milenarias nacidas del ingenio campesino de los arrozales del Japón, que las tenían prohibidas por el invasor. El hombre que descubrió cómo Carlos Monzón mató a su mujer, Alicia Muñiz, muestra una medalla que el propio Juan Domingo Perón le entregó cuando salió campeón de judo. También, la placa que el profesor Emilio Federico Pablo Bonnet, su maestro en la medicina legal, le entregó cuando Raffo lo cuidó en su convalecencia porque, como acota: "Nadie descuida a su mentor y yo estuve al lado de él cuando se enfermó".
"Contale lo de los dos cartoneros?", dice Majdalani, seductor incansable, caballero y de tranquilizadores ojos celestes.
-¿Lo de Báez y el otro...?
Y empieza a hablar a borbotones este diminuto ninja que realizó cerca de 20.000 autopsias, muchísimas, aunque nunca superará al número uno, Honorio Piaccentino, que hizo 76.000 necropsias.
"A Alicia Muñiz le faltaba un músculo del cuello cuando le hice la autopsia y, cuando me di cuenta, dije para mis adentros: «sonaste, Monzón».
-¿Por qué?
-Porque había entrevistado a los dos cartoneros y sabía bien lo que había pasado.
-¡Pero si sólo declaró Báez!
-Báez no estaba solo. Había otro cartonero con él. Lo que pasa es que, para hablar, Báez pidió que soltaran a uno de los hijos, que estaba preso, y el fiscal se dio cuenta de que al pibe le faltaban sólo diez días para salir, entonces le dijo que sí. El compañero dijo que él también iba a hablar si le perdonaban un delito que había cometido tiempo atrás y cuando le preguntaron de qué se trataba, dijo: «Maté a un tipo». Pero era imposible negociar con un asesino.
-¿Y qué le reveló Báez que fue tan importante?
-Que Monzón le había pegado dos trompadas en el balcón. Que después entró, volvió a salir, la vio tirada, la levantó por el cuello como a una gallina, con las dos manos, y la estranguló. Y que cuando se dio cuenta de que la había matado, miró a derecha e izquierda, y como creyó que no había nadie, la arrojó al vacío y después se tiró él.
En Mar del Plata le hicieron la primera autopsia y yo tenía que hacer la segunda, de modo que trasladaron el cadáver a Buenos Aires. Casi te podría decir que a la altura de Chascomús la ambulancia paró y un médico le seccionó a Alicia Muñiz el músculo esternocleidomastoideo, que era el que evidenciaba la compresión manual, prueba inequívoca del estrangulamiento. Cuando la abrí me di cuenta de que se lo habían sacado con mucha precisión, por eso digo que fue un médico. Pero lo que no sabía Monzón era que los dos cartoneros lo estaban mirando. Es más, había una tercera persona en el departamento y yo sé quién es.
-¿Quién es?
-Te lo digo si no lo escribís.
-Ok.
-(...)
-¿En serio? ¿Y por qué no lo dijo en su momento?
-Porque no lo podía probar.
(En el juicio oral, Monzón dijo que su mujer y él estaban solos y que "la Alicia se me resfaló, señor juez").
-¿Cómo fue con Robledo Puch?
-(Y ya no lo para nadie) Dos meses lo entrevisté. Y cuando volvía a casa me sentía intranquilo; no sé, me pasaba algo con ese chico. Por entonces se había estrenado la película El Exorcista , y ahí me di cuenta de que había estado hablando con un ser que no era humano; ésa era la sensación, aunque parezca pueril la comparación.
El hablaba de sí mismo en tercera persona y a mí me tocó hacerle el peritaje porque ningún médico se le atrevía. Y siempre recuerdo que cuando llegó el juicio, en la sala de audiencias, el tipo escribía y escribía. Le pregunté a un policía qué hacía y me contó que respondía cartas de mujeres que querían casarse con él. A este fenómeno un médico belga llamado Locard lo llamó enclitofilia, el amor y la atracción que algunos seres, especialmente las mujeres, sienten por los asesinos.
La verdad es que era un monstruo. Mató al compañero y le quemó la cara con un soplete estando aún con vida; cuando le pregunté por qué lo había hecho, me dijo: "Es por la familia". Mirá, es un caso de estudio: en la cárcel vive con otro recluso y un gato, y le pone exactamente 11 cucharaditas de yerba al mate, ni una más ni una menos, todos los días.
* * *
Raffo se fue del equipo médico de la Policía Bonaerense después de haber completado la carrera y como comisario inspector profesional, y en 1986 se presentó a concurso para ingresar en el Cuerpo Médico Forense de la Suprema Corte de Justicia. Empezaba a jugar en primera y no dejaría de hacerlo hasta su retiró con honores.
"Es que cuando uno se recibe, se casa con la medicina, pero la medicina legal es la amante, la que nos somete y nos humilla", dice, lleno de risa, mientras ofrece más café y propone ver los videos de alguna de sus autopsias memorables. Esta cronista rechaza la oferta gentilmente: hay estómagos que no resisten tanta porquería.
Como la del chiquito muerto que tenía más de 203 cicatrices en el cuerpo, a quien sus padres lo habían atado a un palo en el fondo de la casa y comía de lo que los vecinos le tiraban por arriba del muro. "Le pegaban con cualquier cosa, hasta que lo mataron con una barreta de metal. No pude soportarlo. Con los chicos no. Fue tremendo", apunta, con ojos tristes, el maestro.
También menciona el caso de Nair Mostafá, la chiquita violada y asesinada en 1989, o el del soldado Carrasco, "que falleció de una manera horrible". También, el de María Soledad Morales o el del único asesino serial de la historia argentina, Juan Carlos Laureano, condenado por 14 homicidios, especialmente de nenas a las que violaba y mataba.
-Pero, ¿no era Robledo Puch el serial con más muertes?
-No, Robledo no era serial, era un psicópata asesino que, además, robaba. Los asesinos seriales matan, asesinan, pero no se llevan nada, quizás algo a modo de souvenir...
Hace un silencio. Y aprovecho para mecharle una pregunta a este hombre parlanchín y simpatiquísimo que ya se tutea con las leyendas.
-¿Cómo se hace una autopsia?
-Bien. Para empezar, quiero que sepas que nosotros somos la infantería de la medicina legal, los que llegamos primero y nos comemos ese garrón donde está el muerto.
Hay un afuera y un adentro del escenario del crimen. Cuando yo llego miro todo, pero no toco nada, para tener información. El segundo paso es la fotografía del lugar, de cada detalle. Luego viene el hisopado (esta cronista se reserva los detalles de este tramo de la charla) y, cuando el cuerpo llega a la morgue, vienen los rayos X, la inspección externa del cadáver, seguida de la toillete del cuerpo, cuando se lava sin tocarlo, y finalmente se lo abre.
Después de todo eso viene el gran combate: el juicio oral. Ahí es donde yo pongo en práctica las lecciones del samurái.
* * *
El samurái Raffo es un maestro del arte de ver más allá de lo obvio. Un estratego del cuerpo humano que sabe de memoria cuánto debe pesar cada órgano para no despertar sospechas. Un hombre que debió entrevistar a miles de asesinos porque, en sus primeros tiempos, el forense se ocupaba de todo, del perfil psicológico, del pasado del criminal, de su vida antes de ser cadáver o de caer preso.
Lo interrumpe Majdalani. "¿Te acordás, maestro, del caso de la prostituta medio quemada? Cuenta el discípulo, más pausado que su mentor, que en la playa de maniobras de la estación San Martín del Ferrocarril Mitre encontraron el cuerpo de una mujer asesinada a la que le habían amputado ambas manos y habían tratado de introducir en la caldera de una locomotora de carbón para quemarla.
"Pero los ingleses habían estudiado todo y habían diseñado la máquina como para que por ahí no pudiera entrar un cuerpo. Por eso lo descubrimos, porque tenía sólo la cara quemada y con carbón de piedra", explica.
Ya la lluvia ha inundado Buenos Aires, pero esta cronista y el fotógrafo ni se enteran. Afuera caen chinos escribiendo a máquina, como dice un chiste cordobés, pero dentro de esta enorme casa del partido de San Martín el tiempo se encoge.
"Siga -lo invita la entrevistadora- siga, doctor, y cuénteme cómo murió María Soledad Morales".
-No la mataron, se les murió.
-¿Y al soldado Carrasco?
-No, al pobre chico lo mataron. La primera autopsia se la hicieron en el cuartel. Yo, al principio, pensé que le habían pegado, porque era un grandote de esos que nadie se anima a dominar y que los había cargado a sus superiores. Pero junto con el cadáver me llegaron las manos del pibe (se las habían amputado) y eran las manitos de un chiquito, era imposible que hubiera hasta intentado defenderse. Murió de una hemorragia interna y agonizó mucho tiempo.
-¿Y María Marta García Belsunce?
-Uf! Me vinieron a consultar para contratarme como perito de parte. Ahí lo conocí a Carrascosa, estaba sentado donde estás vos ahora; dijo dos palabras, nada más. Yo me había retirado en 2003 y me dedicaba a la docencia y no acepté el caso.
-Pero tiene una idea formada.
-Sí. Si no la publicás, te cuento.
-Ok
-(...)
-Pero ¿por qué cree eso?
-Porque sólo las mujeres disparan así, desde tan cerca.
-Doctor: ¿existe el crimen perfecto?
-Sí, pero nunca te lo voy a contar. .

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