Desde hace cuatro años, la Argentina es un país sin cifras

Por Ernesto Tenembaum

Nylon

10.02.2011 

 
Ernesto Tenembaum
El jueves pasado fue un día triste en la Argentina. Pasado el mediodía, un tren descarriló en José León Suárez, justo cuando atravesaba la villa La Carcova (los habitantes del barrio lo pronuncia así, sin acento en la “a”). Cientos de vecinos se aglomeraron alrededor del tren. Llegó la policía y disparó con balas de plomo. Hubo dos chicos muertos y otro herido de gravedad. El gobierno bonaerense –conducido por quien es desde el 2003 uno de los tres políticos más importantes del país y un hombre clave del Frente para la Victoria—explicó que fue un ataque mafioso y que la policía solo atinó a defenderse. Pero no hubo policías heridos. Y días después, ante la contundencia de los hechos, decidió desplazar a todos los policías de la zona. 

En el último año ha habido muchos casos de represión policial o política. Para cualquier persona sensible a las violaciones a los derechos humanos, ya no representa una casualidad la sucesión de hechos que abarcan tres asesinatos en Bariloche, uno en Formosa, los crímenes de Ruben Carballo luego de la represión indiscriminada de la Federal, los de Mariano Ferreyra y Elsa Rodríguez frente a las narices de la misma policía, las muertes producidas durante la represión a la toma del indoamericano. En todos los casos hubo seria responsabilidad de fuerzas policiales conducidas políticamente por sectores del Frente para la Victoria o aliados o directamente por miembros del gabinete nacional. El Gobierno argumenta, con todo derecho, que la designación de Nilda Garré es un intento correctivo frente a la acumulación de estos asesinatos. Pero nada quita que la corrección haya sido posterior a los hechos, y que los hechos, bueno, para qué calificar lo que se califica solo.

Pero en el caso de José León Suárez hay una tragedia anterior y posterior a la represión del jueves. Solo una mirada muy parcial puede reducirla a los asesinatos de la policía y atribuir la responsabilidad solo a Scioli. El viernes, tuve la posibilidad de hablar con Carmen Juarez, una vecina de la villa que es activista evangélica. “Yo cuando escuché los tiros me agarré la cabeza porque a esa hora pasan por las vías los chicos del CEAMSE. Los conozco a todos. Me desesperé”, dijo. Juarez conocía a los dos chicos asesinados y al tercero, que aun está internado con graves heridas. 

—Trabajan en el nylon, me dijo. 

Yo nunca había escuchado esa expresión. 

“Todos los días, cientos de personas revuelven la basura en el Ceamse para juntar nylon y plástico. La mayoría son niños y jóvenes, por eso les decimos los chicos del Ceamse. Las mujeres entonces lo lavan y lo cuelgan para que se seque. Una vez a la semana pasa el camión y les paga, más o menos un peso el kilo. Tienen que conseguir cien kilos para ganarse cien pesos en la semana”. Me lo han explicado varias veces pero aun me cuesta imaginar cómo una familia consigue veinte kilos de nylon por día revolviendo la basura, lo lava, lo seca y lo almacena hasta que lo vende.

El martes, dedicamos gran parte del programa “Palabras más, palabras menos” a contar la vida de “los chicos del Ceamse”. En el piso estaba Ofelia Gargola, una vecina del barrio, amiga de la tía de una de las víctimas, que estaba junto a ella. “Es un pueblo que, todos los días, se corre hasta el Ceamse a buscar lo que sea entre la basura. Cientos de chicos, de todas las edades. El que llega, llega. El que se cae, es pisoteado por los demás. No solo buscan nylon o metales o cartones. También buscan comida. Ahí vienen todos los días los camiones de los supermercados y tiran la comida que les sobra. Yo he comido muchas veces, cuando era niña, carne picada del CEAMSE, salchichas, yogur, de todo. Dicen que está vencida, que hace mal, pero no es así. Mis hijos comen, a veces, comida de ahí. Lo que a uno le duele es que nadie tiene corazón. Por lo menos podrían dejar toda esa comida aparte y no tirarla en medio de la basura, de animales muertos y todo eso”.

Le pregunté a Ofelia si no le daba miedo comer comida del CEAMSE.

—No. Muchas veces es la única comida que hay.

—¿Y no sentís que las cosas, pese a todo, de a poquito, van mejorando?

—Si las cosas fueran mejorando, no estaríamos revolviendo la basura. Nadie hace eso porque le gusta. 

Las imágenes del informe mostraban una montaña de basura y cientos de personas, una a mínima distancia de la otra, trepadas a esa montaña –sin ningun traje especial que las proteja de nada— buscando encontrar algo mínimamente valioso. “El poder de la policía es total. Cuando quieren, te dejan pasar. Cuando están de mal humor, te muelen a golpes. Cada día es cada día”.

No me ha tocado cubrir directamente los casos de desnutrición en Salta, pero no se me ocurre que la descripción de los hechos sea menos cruda. Juan Carr, el lìder de Red Solidaria, sostiene que “hay un piso de 40 mil niños desnutridos en la Argentina que nadie niega. Según como se calcule, la cifra puede duplicarse”. Carr sostiene que la desnutrición infantil es mucho menor que en el 2003, como ocurre con todos los indicadores sociales.

Es difícil dar con estadìsticas serias sobre La Carcova. Magdalena Benvenuto preside la Fundación Educar e Integrar que desde hace cuatro años realiza trabajos de educación complementaria en la villa. Cuenta: “En La Carcova viven once mil familias. Nosotros hemos trabajado con cien de ellas. En el cincuenta por ciento los chicos o sus padres han participado de tareas de cirujeo, ya sea en el ceamse o como cartoneros en la Capital. El sesenta por ciento de las madres y el cincuenta por ciento de los padres no terminaron la primaria, lo que agrega un problema a la educación de los chicos porque no reciben apoyo en la casa. El cuarenta por ciento de los padres trabajan en negro, una situación que, por razones que nos cuesta entender, aumentò en los ùltimos años. La asignación por hijo ha sido un avance pero hay un serio problema de documentación y la inflación hace estragos. Hay problemas de desnutrición serios. Por lo menos un 10 por ciento de los chicos con nosotros están desnutridos”.

Uno de los lugares comunes a los que se recurre cada vez que la miseria irrumpe en el debate público nacional consiste en señalar la ausencia del Estado. En el caso de La Carcova esto no es exactamente así. De las tres mujeres con las que pude hablar, una recibía una asignación por una de sus tres hijas, y otras dos pertenecían a una cooperativa del plan Argentina Trabaja y cobraban 1200 pesos por mes, casi una jubilación mínima. “Pero no alcanza. La comida está cada vez más cara, los remedios de los chicos también”. En el barrio también hay militantes de la agrupación Evita, cuyo máximo referente es uno de los cuadros claves del Ministerio de Desarrollo Social.

Desde hace cuatro años, la Argentina es un país sin cifras. Nadie sabe cual es el nivel real de pobreza, la distribución del ingreso, la inflación, dónde se concentra el boom de consumo, cual es su evolución ni cual es la extensión de los argentinos que solo reciben migajas, cual es la cantidad de gente que vive en villas, si aumentó o si disminuyó, esos pequeños detalles. La discusión acerca de si realmente existe un modelo de inclusión o solo estamos viviendo un gran momento de la explotación agropecuaria que gotea algo hacia abajo termina, en medio de tanta oscuridad numérica, enredada de un laberinto donde cada cual puede creer lo que más le plazca. Total, si hay números para todos los gustos y mucha gente dispuesta a dibujarlos.

Lo cierto es que, exista o no el tal modelo, es muy difícil entender por qué, casi una década después de su puesta en marcha, en un solo barrio, cientos de argentinos revuelven la basura para poder vivir, por qué ni siquiera las sobras de los supermercados son repartidas entre la gente que, en lugar de recibirla, tiene que separarla de una montaña de basura. 

Simplemente eso: es difícil de entender.

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