10 años de espionaje K

Diez años de espionaje nacional y popular
Gerardo Young PARA LA NACION
La Nación
28 julio 2013

Tras diez años de delegar recursos millonarios y confianza absoluta en la Secretaría de Inteligencia, Cristina Kirchner viene a descubrir que los espías le acercan más cuentos que verdades. “Sólo me generan dolores de cabeza”, les ha dicho a Héctor Icazuriaga y Francisco Larcher, uno y dos de la SIDE. Para empezar, no es cierto que la Secretaría controle a todos los jueces, o al menos ya no lo hace con la eficacia de antes. Tampoco es verdad que se anticipe a los movimientos políticos, porque intentaron convencer a la Presidenta de que Sergio Massa no iba a presentarse como candidato y no evaluaron los riesgos del nombramiento del general César Milani al frente del Ejército. Y encima está el oscuro final de “el Lauchón”, un agente con 36 años en la Secretaría cuya muerte, el 9 de este mes, desnudó el desgobierno del sistema.
¿Son esas fallas señales de un fin de ciclo? En la Secretaría de Inteligencia apuestan a que no. Han atravesado crisis peores y allí siguen los mismos agentes de casi toda la vida. Para empezar, Jaime Stilles, el seudónimo de Horacio Stiuso, el director general de Operaciones, siempre listo en su oficina de 25 de Mayo, a metros de la Casa Rosada.
Jaime ingresó en la SIDE en 1974 y nunca fue increpado sobre su rol en la dictadura. Un beneficio del que gozan casi todos los jefes operativos del sistema de Inteligencia, incluyendo al general Milani, cuyo pasado nunca fue observado demasiado hasta que el foco de atención se posó sobre su rol en La Rioja de 1976. Esa confianza delegada es la razón de los enojos de Cristina. Pero lo más importante de las “fallas” es que delatan la naturaleza de la Secretaría y de la inteligencia en la era kirchnerista: en estos diez años, se ha profundizado un servicio de espionaje e influencia dedicado al control político de los “enemigos” y a la verificación de lealtad de los propios. Inexplicable en el relato oficial.
De acuerdo con la ley de Inteligencia, la Secretaría debe ser la cabeza de todo el sistema de Inteligencia, que incluye a las direcciones específicas de las Fuerzas Armadas y de seguridad, para “la obtención, reunión, sistematización y análisis de la información referida a los hechos, amenazas, riesgos y conflictos que afecten la seguridad de la Nación”. Para este año, todo el sistema prevé gastar 1438 millones de pesos, de los cuales la Secretaría insume 638 millones. Se calcula que aproximadamente la mitad se va en los sueldos de poco menos de 2000 empleados. El resto es administrado con total discrecionalidad por Icazuriaga y la contadora de confianza de Cristina, Sonia Fornasero. ¿Lo gastan realmente? ¿Adónde van a parar esos fondos? La Comisión Bicameral del Congreso que debe observar esos números está, por supuesto, bloqueada desde hace años. Nadie mira entonces. Nadie que no sea del círculo de confianza.
En diciembre del 2001, tras la salida en helicóptero de Fernando de la Rúa, los agentes más poderosos de la Secretaría decidieron tomar el control del lugar. Pactaron con el gobierno breve de Adolfo Rodríguez Saá, se autoascendieron a directores y allí quedaron. Uno de ellos es Jaime; el otro, Fernando Pocino, director de Reunión Interior (a cargo de la Base Billinghurst, de las más poderosas) y quien se supone es el rival interno de Jaime, aunque hay que aprender a desconfiar de las internas del espionaje.
Espías eran los de antes
Cuando llegaron los Kirchner, nada cambió demasiado. Los históricos siguieron siendo históricos, pero más viejos. Y si bien Francisco Larcher siempre se jactó de ser el verdadero jefe (en desmedro de Icazuriaga), su dominio no siempre es real, porque los agentes nunca terminan de mostrar sus movimientos. ¿O acaso Larcher conoce los pasillos de cada una de las muchas bases secretas que tiene el organismo? ¿O acaso conoce a todos sus hombres? Eso sí: para satisfacer su vanidad, logró hacerse de una oficina en la Dirección de Observaciones Judiciales, en Belgrano, desde donde se hacen las escuchas telefónicas y las intervenciones de correo electrónico. Es ahí donde está el corazón del control político y el espionaje.
“Ya quedan pocos espías de los de antes, esos que se infiltraban o se quedaban días parados detrás de un árbol”, dice un viejo agente operativo. Ya todo se ha tecnologizado. A las escuchas de siempre se les agregó el espionaje digital y un par de camionetas móviles (camufladas como proveedoras de servicios públicos) que permiten grabar casi cualquier reunión de interés. Por ejemplo: la conversación entre un juez y un abogado.
¿Todo eso es ilegal? Hay de todo un poco. También hay jueces amigos (o “leales”) que avalan investigaciones, como la jueza de San Isidro Sandra Arroyo Salgado o el famoso Federico Faggionato Márquez (ya despedido), quien en 2009 armó la causa contra Francisco de Narváez por tráfico de efedrina. Faggionato era amigo personal de Darío Richarte, quien fue número dos de la SIDE en tiempos de la Alianza y ahora es socio de aventuras de Sergio Szpolski, la cara del multimedios ultrakirchnerista Veintitrés.
Tener el dominio de las escuchas no garantiza la exclusividad del espionaje, aunque sí aumenta la eficacia. El control de la Gendarmería sobre las organizaciones sociales, conocido como Proyecto X, revelado en febrero de 2012, es una base informática construida con datos obtenidos en el terreno (con agentes infiltrados) y otros sacados de Internet o de la lectura de los diarios.
De similar calidad (baja, imprecisa) fue el seguimiento que se organizó desde el Edificio Libertad, sede de la Marina, sobre los militantes de derechos humanos de Chubut, al menos hasta mediados de 2006. Ese seguimiento –comprobado judicialmente– pretendía prevenir acciones militantes por los juicios sobre la masacre de Trelew y le costó la cabeza al jefe de la Marina, el almirante Jorge Godoy. Tanto la experiencia de la Gendarmería como la de la Marina sugieren que las tareas de espionaje son más caseras y vulnerables fuera de la Secretaría de Inteligencia. Así viene siendo desde la década del 80, y es difícil que cambie.
Propios y ajenos
El control sobre los jueces ha sido uno de los objetivos centrales que encargaron Néstor y Cristina a la SIDE. Larcher tomó esa responsabilidad. Y acudió para ello a Javier Fernández, auditor general de la Nación, que es amigo de Stiuso y ha regado Tribunales de nuevos amigos y leales. También ayudó en eso Richarte, quien aseguran que estaba de viaje cuando Claudio Bonadio ordenó la captura de Ricardo Jaime, ex secretario de Transporte. ¿Fue un descuido esa orden? ¿O el inexorable cambio de clima?
Según publicó el diario Perfil, Javier Fernández debió recurrir a los camaristas Eduardo Freiler y Jorge Ballestero para “remediar” la situación. ¿Cómo se convence a los jueces? ¿Cómo se los suma al tren de la lealtad? Ascensos, promesas de cargos, el contacto con el poder… y el miedo. Muchas carpetas con correos electrónicos y datos privados han circulado por Tribunales, como las del juez Daniel Rafecas y el fiscal Carlos Cearras.
Los políticos también han sido un blanco de espionaje. Principalmente los opositores, como prueban los casos de De Narváez y una falsa denuncia contra Luis Juez por una cuenta millonaria en el exterior. De allí se pasó al seguimiento de las tertulias de propios y extraños. Las últimas han sido sobre Sergio Massa, cuyo resultado fue errado: el intendente de Tigre sí se presentó como candidato por fuera del kirchnerismo. También hubo y hay control sobre periodistas, como delatan algunos informes publicados por los medios de Szpolski o que han servido a las ediciones del programa 678. Pero una característica particular y hasta novedosa del espionaje K es el control sobre los hombres del propio gobierno. Aníbal Fernández, hoy senador, ha sido objeto de la mirada de la SIDE durante varios años, según él mismo a dicho más o menos en privado, como consecuencia del interés de Aníbal en tener a sus propios husmeadores cibernéticos.
Esa mirada hacia los de tropa propia intenta reafirmar lealtades. Como se sabe, para un kirchnerista no hay nada mejor que otro kirchnerista. Esto también corre para los jefes de las fuerzas de seguridad, en cuyas purgas muchas veces estuvo la mano de la Secretaría de Inteligencia. Así fue desde el principio, desde que Gustavo Beliz dirigía el Ministerio de Seguridad y denunciaba la injerencia de Stiuso en sus políticas, allá por el año 2004.
Algo similar ocurre con las Fuerzas Armadas. Y hay una vieja anécdota que hoy recobra valor. Cuando en diciembre de 2005 Nilda Garré fue designada ministra de Defensa, recibió un llamado de Larcher para ponerse a su disposición. El hombre que le indicaron a Garré como de confianza en la Secretaría no era otro que el de Milani. Era el enlace, el nexo, el de lealtad certificada. Esa pertenencia es la que hoy defiende Cristina. Milani es uno de ellos, se ha declarado kirchnerista y lo ha probado. Aún así, no parece probable que la SIDE delegue en un militar el poder del espionaje. No mientras conserve el verdadero secreto de su fuerza: las escuchas telefónicas, la tecnología.
Más recientemente, hace casi 20 días, la muerte de “el Lauchón” demostró que la lealtad reclamada muchas veces se vuelve peligrosa. Pedro Tomás Viale era un viejo agente, que ingresó en la SIDE en 1978 y se formó en la Dirección de Contrainteligencia, a la sombra de Stiuso y de la noche, su territorio laboral y de la vida. Le decían “el Lauchón” por su ductilidad para hurgar en lo ajeno. Era uno de los viejos espías, vagando en la noche a la espera del momento de actuar, del lado de la ley o del otro. El 9 de julio cayó muerto en su casa de Moreno con cuatro tiros en la espalda en un operativo despiadado, exageradamente violento, del Grupo Halcón. Lo investigaban por delitos graves, desde estafas inmobiliarias hasta posible narcotráfico. ¿Qué hacía un hombre así amparado por la Secretaría? ¿Miran los jefes a la tropa? ¿Cristina, Icazuriaga y Larcher delegan el control en personas a las que no controlan? De tanto buscar lealtades afuera, han descuidado a los encargados de verificarlas.
Los objetivos del sistema nacional de Inteligencia, mientras tanto, quedan siempre en segundo plano. En diez años se han hecho operativos contra secuestradores, se ha colaborado en investigaciones sensibles (el asesinato de Mariano Ferreyra, por ejemplo), se han bloqueado bandas de ciberespías, se han reforzado vínculos con otros servicios de Inteligencia del mundo (la CIA norteamericana), y se detectaron redes de comercialización de precursores químicos para la elaboración de estupefacientes. Seguramente esta lista es escueta, quizás injusta. Pero el ruido del espionaje, del control político, acostumbra a enterrar la Inteligencia. La empuja hacia las cloacas. ß

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