Cuando la mentira es la verdad


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Cuando la mentira es la verdad

Por   | LA NACION
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Confieso que llegué tarde a las series. Cuando todos hablaban de LostLos SopranoDr. House, yo me hacía el distraído. Las esquivaba como el alcohólico recuperado a la botella. Sabía que al engancharme con alguna dejaría de ser dueño de mis horas. Sobre todo cuando apareció la TV inteligente, en la que podés bajar y mirar sesenta episodios al hilo. Al fin, sucumbí con Mad Men. Y sí, se me hizo vicio: sólo uno más, me decía, y al correr de los capítulos se hacían las dos, las tres, las cuatro de la madrugada. Las series pueden desbaratar la regularidad de tus hábitos, pero a cambio te ofrecen, como aquellas novelas decimonónicas por entregas, flashes intensos e inesperados de los tiempos presentes.
Mi última incursión fue The Killing, un policial duro que atrapa no sólo por la clásica incógnita acerca de la identidad del asesino, sino también por la construcción precisa de los personajes. En uno de los capítulos, el alcalde de Seattle, oscuro y taimado, se ríe de un político joven e inexperto que opone algún escrúpulo a la idea de hacer correr una mentira para neutralizar un problema que podría quitarle votos. "Si sos lo bastante convincente -instruye el viejo zorro-, la verdad es cualquier cosa que vos digas que es la verdad." Al escuchar esto puse stop y corrí a buscar lápiz y papel.
En el teatro de la política, decía la lección, todo es acting. Y en esas tablas lo que paga mejor es el método del Actor's Studio, en el que se derraman lágrimas reales y el actor se confunde con su personaje al punto de creerse de modo literal lo que está escrito en el guión. En el oficio de mandar suelen llegar lejos los paranoicos y los megalómanos, aquellos que viven bajo la piel de su personaje las 24 horas del día y logran emancipar sus deseos de los límites que impone la realidad.
No son gente fácil. Cualquier hecho o persona que contradiga el poder fundante de su palabra desata su furia. Los alcances de esa furia son temidos por su entorno, que, acobardado, acaba sometido a sus caprichos. Pero no sólo ellos. Se trata de personas de gran poder mental que arrastran a pueblos enteros, pues se invisten de una fuerza de convicción tal que enceguece el entendimiento ajeno.
Todo político con ambiciones debería tener la posibilidad de educarse bajo la guía del alcalde de Seattle, ese personaje de ficción que destiló en una frase lo que hoy parece constituir la esencia del poder. Y sólo los mejores entre ellos -un grupo de elite- deberían poder viajar a la Argentina como becarios del más selecto de los posgrados, para tener el privilegio de estudiar el fenómeno en terreno y acaso recibir lecciones del jefe de Estado que hizo del axioma del alcalde su programa de gobierno.
Aquí, aplicado este programa como dogma de fe, primero entraron los cínicos, esos que saben que la vida es teatro y actúan con desfachatez. Entraron después los que vivían en el ensueño de viejas revoluciones, vulnerables a la música de las palabras y al llamado de la gloria y los contratos. Entraron también los ilusos, que vieron fuego sagrado donde sólo había cálculo y codicia. Entraron incluso opositores, muchos, que por apego a sacrosantos principios programáticos concedían alegremente mayores cuotas de poder. Así se fue construyendo un país -es un modo de decir- sostenido por el hilo de la palabra presidencial y por el consiguiente ocultamiento -a veces sutil, casi siempre grosero- de los más elementales datos de la realidad.
Los becarios extranjeros se sorprenderían al comprobar que en nuestro país un trozo de carne podrida que huele muy mal es tenido por caviar mientras cínicos, soñadores, ilusos y no pocos opositores se lo llevan a la boca como exquisito manjar, en tanto quien advierte que provocará indigestión es acusado de destructivo y de loco. También los sorprendería que sigamos así, bailando el final de fiesta sobre la tierra depredada, mientras el proyecto basado en la obstinada convicción de la primera actriz parece todavía, a pesar de la inocultable rebelión de la realidad, vivito y coleando. Tanto que, créase o no, hay en sus huestes seis actores de reparto, incluido el bonaerense, que aspiran a alcanzar el gran protagónico con el confesado ánimo de perpetuarlo.
La Argentina de estos días es la prueba de que la frase del alcalde de Seattle es dolorosamente cierta.

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