Fraudes, trampas y matones: viaje sin escalas a los años 30


"La reina del nuevo conservadurismo bonaerense, que nos propuso un viaje a 1945, pero se pasó de largo y nos estacionó en los vergonzosos años 30"





"Voy a votar por Scioli y por Aníbal Fernández para que no gane la derecha", se escucha en algunos segmentos politizados y pitucos. Esta misma semana una fracción del Partido Comunista visitó al jefe de Gabinete y le ofreció su tierno corazón. Decenas de artistas progres le dejan mensajes de aliento y adhesión al camarada Fernández y proclaman que el camarada gobernador es una figura emancipadora. Todos esos "socialistas" invertebrados se suben así al carro triunfal de un movimiento que se ha transformado en un triste remedo del conservadurismo bonaerense de los años 30. Un régimen de oligarcas estatales y caudillos pesados donde hay denuncias de fraude, canje de alimentos por votos, mafias territoriales y matonismo naturalizado. Es que la maquinaria pejotista, sus enemigos íntimos y sus circunstanciales aliados buscan la hegemonía y forman en verdad el más rancio statu quo: la nueva derecha argentina. Casi cualquier partido democrático que se les opone parece más progresista que ese feudalismo festivo, luctuoso, unido y organizado.
Varias escenas de estos días parecen extraídas de las viejas crónicas de Barceló y Ruggerito: un ex gobernador denunciando que le birlaron 140.000 votos, la naturalización de que se roban entre tres y cuatro puntos por elección en algunas provincias, gánsteres de las calles y de las urnas en el conurbano profundo, punteros tucumanos que ofrecen bolsones de comida y efectivo a cambio del sufragio, el emperador de Tucumán paseando en camello o en Learjet y atendiendo a todo su gabinete en su casa y en paños menores, un militante radical que discute con una fuerza de choque y luego muere baleado a metros de su casa. Y todo esto sin contar con las noticias habituales de súbitos enriquecimientos y corrupciones pergeñadas desde el Estado, y también de las andanzas impunes de narcos que tienen protección del poder político. Qué esperanzador panorama, qué bella es la patria progresista. Esto ya parece el Mayo Francés.
La reaparición de la Presidenta no sirvió para atenuar esta situación incendiaria, sino para alimentarla con leña verbal. Se podría decir, con mirada piadosa, que su incursión en el trágico caso de Ariel Velásquez resultó un papelón estrepitoso. Pero, en rigor de verdad, se trató de algo mucho más grave; no existe palabra educada en el castellano moderno para describir el pecado que ella cometió. Cristina Kirchner evitó un pésame a la familia de la víctima y eludió moverse con precaución de estadista frente a un presunto crimen político: aseguró mirando a cámara que Velásquez no era radical, sino que formaba parte de las adoradas huestes de Milagro Sala, dama con reputación de violenta a quien la jefa del Estado premió con una candidatura al Parlasur. Este muerto no es mío, pareció decirles a los radicales, a quienes trató de inescrupulosos y de mala gente, y de montar una operación proselitista sobre ese cadáver caliente. Pudo haber esperado un poco más para no cometer un grueso error, pero siguió a la bartola el manual impulsivo del caso Nisman. Sus afirmaciones quedaron de inmediato refutadas: el muchacho de 20 años, como mucha gente humilde del feudo, había sido afiliado compulsivamente por la Tupac Amaru, pero las fotos y los testimonios familiares terminaron de esclarecer que formaba parte de la Juventud Radical. Se verá si el disparo mortal, como se sospecha, provino de matones políticos o si actuaron delincuentes comunes. O si hubo una tétrica combinación de ambos. Pero lo cierto es que la precipitada denuncia de Cristina terminó siendo fallida, y que si efectivamente la Tupac tuvo que ver con el asesinato, el discurso presidencial fue de algún modo encubridor. Como mínimo, podríamos decir que al defender ciegamente a esa organización se estaba enviando un mensaje institucional de apoyo a sus turbias y prepotentes metodologías. La verdad indubitable del día siguiente incomodó al kirchnerismo, pero la Presidenta no se sintió en la necesidad espiritual de pedir perdón. Ella, como sabrán, es infalible.
Todos los tramos de ese discurso tuvieron por objeto excusarla de sus propios errores. En un repentino ataque de pudor republicano y olvidando que cualquier gobernante de cualquier país democrático se arremanga y asiste al lugar de las catástrofes, Cristina aseguró que eran obscenos quienes se habían "disfrazado de lluvia" y habían hecho acto de presencia durante las inundaciones. Y olvidó que ella misma lo hizo un par de veces, que envió a Aníbal y a "Wado" a realizar lo que repudia, y que los pibes de La Cámpora, enfundados en remeras vistosas, también se mostraron en el terreno anegado. A continuación, elogió a Dilma Rousseff, que está siendo cuestionada por la mayoría de la sociedad, como si Cristina tuviera la misma actitud política: su par brasileña inició un recorte fiscal responsable y echó a una veintena de funcionarios por corruptos. Aseguró después que su amigo Lázaro Báez no estaba en el top ten de los constructores de la obra pública (sólo recibió 1000 millones de pesos), pero escondió múltiples obras ejecutadas por las provincias y financiadas por el Tesoro nacional que beneficiaron a su gran amigo. Reivindicó de paso al Grupo de los 8 (por Germán Abdala), aquellos dirigentes peronistas que rompieron con el menemismo, siendo que ella y su marido permanecieron fieles a Menem después incluso de sus privatizaciones e indultos, y que se negaron a votar en 1995 por Bordón y "Chacho" Álvarez. Y sugirió que las movilizaciones de protesta están siempre manejadas por la CIA: "Las cacerolas tienen marca registrada", señaló, en uno de los conceptos más reaccionarios y paranoicos de toda su alocución.
Finalmente, se dedicó al que empieza a considerar en privado su más grande error: Daniel Scioli. Cuentan sus allegados que desde la noche de las primarias la doctora no deja de criticarlo con vocablos soeces y que le hierve la sangre cuando escucha en televisión que al líder naranja se lo menciona como "el candidato de Cristina". La patrona de Balcarce 50 suele aclararles a sus íntimos que no es su candidato, sino el que más medía. Mandó colgar el cartel "Zannini para la victoria" en un patio interior de la Casa Rosada para que todo el mundo recibiera el mensaje. A ella le llegó estos días, como a todos, la frase que Scioli le habría dicho a De la Sota en secreto: "Viene un tiempo de gran acuerdo peronista; si me ayudan, yo me saco de encima al camporismo". La dama y su heredero están juntos en mitad del río, atados el uno al otro en medio de la correntada, y no pueden hacer mucho por ahora, pero resulta evidente que madura una traición. Por eso al cartel, ella sumó la iniciativa de condicionar su eventual gestión, dotando al Congreso de poder absoluto sobre las acciones de la Anses en importantes empresas: allí estará Axel Kicillof, al frente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda, dirigiendo la batuta y frenando cualquier ocurrencia del motonauta. "A los que dudan les pregunto: ¿creen que alguien quiere quedar en la historia como la persona que traicionó los ideales del pueblo?", interrogó por cadena, amenazando de manera directa a su socio indeseado. Se entiende que los "ideales del pueblo" son únicamente los que encarna la reina del nuevo conservadurismo bonaerense, que nos propuso un viaje a 1945, pero se pasó de largo y nos estacionó en los vergonzosos años 30

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